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9 feb. 2018

¿Rodríguez es un periodista o un político?


Juan Pablo Jiménez

A Rodríguez le gusta guardar cadáveres debajo de su cama, que le lleguen cartas anunciándole que la muerte en cualquier momento le corta la yugular.

Recuerdo sus ojos de resorte contándome cómo fusilaban a los malos en la antigua cárcel de Valparaíso, cómo quedaban incrustadas las balas en los ladrillos de la muralla.

En esa bella obsesión, Rodríguez se hizo de un puñado de personajes, recortó pedazos de historias y se sentó diez largos años en bibliotecas, wáteres, mesas ajenas, pensiones, buses, camas viejas, noches y en pasillos de pasos perdidos armando una historia que le quitaba el sueño y que se apropió de él como un demonio feroz: el asesinato del periodista Luis Mesa Bell.

A este militante de la Nueva Acción Pública había que cerrarle el pico. Ello de los señores a quienes les incomoda que les escupan en la cara sus yayas, no es propio de estos tiempos neoliberales y de monstruomercados, ya sucedía en los años 30.

Allí también se torturaba, se pasaba hambre, las putas consolaban a los hombres solos y en una máquina de escribir, un hombre estampaba cuadros de lo que afuera sucedía. Una máquina de escribir que más bien parecía una ametralladora, una bomba de racimo.

En “Carrascal Boca Abajo” el asesinato del jovencito de la película es el punto de fuga para que el autor muestre una radiografía de época. Y lo hace no solamente novelando hechos reales acontecidos en un Chile destartalado, sino además y sobre todo también a partir de los personajes en estas páginas inmortalizados.

Cada uno de ellos es el protagonista de Carrascal. Si el vino de esa noche no me juega una mala pasada, en el lanzamiento de su libro Rodríguez según entendí aquí rescata a unos 200 personajes… Ardua labor que le valió hasta los regaños de su hija por trabajar hasta altas horas de la madrugada fecundando el libro, poniendo en riesgo su salud de abuelo del rock.

Para quienes también tenemos graves problemas mentales relacionados con la obsesión, este libro construye bellos pasajes de época. A ratos uno mete cabeza y cuerpo entero en las páginas perdiéndose en tiempos en blanco y negro, como si fuera una película muda, una foto vieja. Pareciéramos estar en burdeles de chicas rechonchitas sentadas en nuestras piernas o leyendo los artículos de una oficina chica repleta de papeles y diarios que devolvieron los suplementeros.

En su libro, Rodríguez probablemente no lo planeó, pero da rienda suelta a todos sus gustos, a todo lo que admira y ha hecho parte de su vida: los personajes enormes, los fotogramas de películas, las publicaciones antiguas, las muñecas de porcelana, los hechos que se detuvieron en el tiempo para siempre.

Uno que conoce a Rodríguez, lo reconoce atrás de las líneas que componen este libro, uno de los mejores editados el 2017.

*Texto extraído del perfil de Facebook del autor.

7 ene. 2018

Afectos jimenizticos


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES.- 

En más de una ocasión he comparado la escritura de un libro con el acto de parir un hijo. También en más de una ocasión me han dicho que es una comparación trillada, absurda, fuera de lugar y hasta machista (opinar sobre algo que se desconoce, por razones obvias, fomenta la ignorancia y, de rebote, la discriminación). Aún así, nuevamente recaigo, pero de puro cabeza dura y no por mala intención. Después de releer los cuentos del libro Afectos especiales del escritor Juan Pablo Jiménez (Crimen Editores, Santiago, 2016, 123 páginas), vuelvo a visualizar la creación literaria como un hijo de las entrañas (no precisamente un hermanito para Esperanza, la hija de Juan Pablo con Karems). Más bien se trata de un hijito diferente y para cuyo nacimiento yo oficié de partero. Pues sí. Tuve el privilegio de conocerlo cuando sólo era un borrador, un montón de hojas impresas con letra Time New Roman tamaño 12, sin interlineado, numeradas, hojas oficio y anilladas. Cuando no era más que una aspiración embrionaria, con la misma posibilidad de tener vida propia como de perderse en la antimateria de los proyectos inéditos. La idea de Juan Pablo era que yo le diera mi opinión –algo así como una tía vieja, entrometida y reparona- sobre su contenido. Consciente de aquello, leí este borrador dos veces y me esmeré en entregarle la mayor cantidad de “aportes” que me fueron posibles. Incluso algunos impertinentes y hasta confianzudos, como él mismo me lo hizo notar con las cejas fruncidas en el par de ocasiones que nos reunimos para hablar del tema. Ahora que Afectos especiales es una criatura hecha y derecha, me resulta imposible saber qué cosa desechó y qué cosa consideró Juan Pablo de mis seudo recomendaciones. A estas alturas, espero, de verdad, que no hayan sido muchas. Porque una de las virtudes de este libro, es que en cada uno de sus cuentos está la voz de su autor. Eso que él llama la esencia jimeníztica (tal vez la mayor aspiración de su parte y no sólo con la escritura sino en cada una de las cosas que emprende, lo ha confesado más de una vez). En estas páginas se siente a Jiménez en el acto de dar vida a personajes atrapados por los afectos que siempre serán especiales, pues corresponden a un momento único de sus vidas literarias. Las criaturas de Jiménez –amantes, amigos, niños, adultos, viejos- aman y odian pero en la misma tonalidad, la tonalidad de jimeníztica por la que él tanto se desvela (sí, es un escritor de madrugada). 

Por lo tanto, ¿dónde ubicar a Juan Pablo Jiménez como escritor de manera de realzar la esencia jimeníztica? Personalmente, lo veo heredero del cine de Patrice Leconte, el cuentista chileno Marcelo Lillo, del poeta Mario Benedetti, pero sobre todo de recorridos por el viejo Curicó, el Santiago antiguo, Valparaíso de siempre, más calles adoquinadas de Buenos Aires y Montevideo. Asimismo, Jiménez cuenta con una importante experiencia en libros por encargo y como escritor fantasma. Ya era el momento de hacerse cargo de su propia obra. Tal vez por eso Afectos especiales se presenta como un libro alejado de un autor primerizo. Tanto en su contenido como en su edición cuidada y de alta calidad, algo que siempre es bienvenido en la literatura chilena. 

Altamente recomendados y de antología: Anden 21, Chorro, El anillo entre pelos y Casa en arriendo.

4 nov. 2017

El reparto del olvido

Claudio Rodríguez Morales

Crímenes, incendios, callejones, polvo de ciudad, mentiras (blancas y de las otras), dobles identidades, desaparecidos, casonas viejas y departamentos de metro cuadrado, datos escondido dentro de otros datos escondidos. Un detective privado metiendo su nariz donde no debe (como los perros de ricachones que saca a pasear para juntar unos pocos pesos) y otro detective, con placa y el poder de coerción del estado, intentando salvarle el pellejo de puro buen amigo. Revistas viejas de sucesos insólitos y problemas nuevos derivados de su adquisición y lectura. Una docena de personajes entrañables, de corta vida, con aire de venir de vuelta, un tanto apaleados por la vida. Todo lo anterior como parte del condimento de la última novela de Juan Colil Abricot "El reparto del olvido" (Lom Ediciones, 2017), capaz de generar una lectura angustiosa (sobre todo en su parte final) y la pregunta de cuán mal podrían terminar las cosas. Esa es la única certeza que trasmite esta obra heredera de lo mejor del género negro que aprieta la garganta tanto como el final de "Chinatown" de Roman Polanski.

20 ago. 2017

Carlos León: Valparaíso colgante y nublado

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Privado, silencioso y porteño. Observador, melancólico y también porteño. Algo malicioso, medio tirado a existencialista, pero siempre porteño. Noble, distante y, ni que decir, porteño. Carlos León Alvarado, Coquimbo, 1916. Le siguieron Ovalle, Santiago e Iquique, hábitats insuficientes para lo que, aún sin saberlo, requería. Datos de almanaque, incompletos, pero necesarios para comprender la muletilla del inicio. El verdadero Carlos León pertenece a Valparaíso. Es decir, a todos los chiflados con cadenas imaginarias al puerto más puerto de todos los puertos. Y Valparaíso es parte del patrimonio que él se llevó consigo –sumido en un cortés silencio- en 1988. Su herencia: ficciones amables y reposadas. Adheridas a esta ciudad en ambientación y trama. Gemas únicas, excepcionales, provincianamente universales.

Autor escueto y tardío, si vemos el asunto como una carrera de cien metros planos. Pero esencial para los que buscan suavizar esta vida amarga con bellas letras (de las grandes y de papel amarillo, antes de las reediciones de Bruguera y Alfaguara). Cuando no llenaba sus cuadernos con su caligrafía redonda –grafito amarillo con goma en el extremo y hojas de líneas horizontales-, León se ganaba la vida como abogado de la plaza, pero más precisamente como formador de abogados, en su cátedra de filosofía del derecho en la Universidad de Valparaíso (curioso islote de cemento que mira hacia la avenida Errázuriz y al mar). Materia que le venía de perillas, acorde con su ritmo y su tendencia a la divagación. Partidario de exámenes orales nocturnos, sin hora de término, forzosa coincidencia para prolongar las tertulias con sus colegas de comisión en algún boliche del puerto. Lo imaginamos, sin dificultad, sentado de brazos cruzados, de abrigo largo, algo encogido, siempre abstemio, impávido la mayoría de las veces, sonriendo de vez en cuando, poniendo máxima atención a las conversaciones para convertirlas, luego, en material creativo.

Su primer libro, Sobrino único lo publicó casi a los cuarenta años, en 1954; el segundo, Las viejas amistades, dos años más tarde. La trilogía se completó, en 1964, con Sueldo vital. Todos tan breves que Zig-Zag optó por fundirlas en un único volumen al año siguiente. No existe consenso de si se tratan de novelas cortas (más que cortas, escuetas), cuentos o crónicas. Tienen de todo un poco. Creación de un mundo paralelo, concisión en sus líneas y divagaciones colaterales (nunca para aburrir o perderse en el camino). Personajes sencillos en apariencia, pero universos complejos en su interioridad, son dados a conocer a través de un par de líneas descriptivas o de sus propias palabras (diálogos mediante). Si bien Sobrino único aparece ambientado en un poblado rural del naciente siglo XX (Copiapó lo más probable, con sus tierras de chirimoyas, papayas y papas gigantescas, más esos seres secundarios por antonomasia, las tías de la familia, solteronas y hacendosas, inmortalizadas merecidamente en la literatura de Léon), las otras dos narraciones se insertan a cabalidad en su particular Valparaíso, ese que mira hacia los cerros, dándole la espalda a la bahía, a su arquitectura de colgajo, entre cuatro paredes de caserones húmedos (se me ocurre hermanar al autor con el cine de Joris Ivens, Aldo Francia y la dupla de José Donoso y Silvio Caiozzi y con las páginas de Manuel Peña Muñoz), alejados de las epopeyas de altarmar de Salvador Reyes o Francisco Coloane. Dinámica del fracaso asumido y la inutilidad de cualquier gesto de heroísmo. Historias minúsculas de empleados públicos, correligionarios políticos, comerciantes de poca monta, amigos barriales, esposas devotas, hijos descarriados, solteronas que perdieron el tren, cesantes desdentados, jovencitas de sueños cursis y amantes de segunda, reducidas a no más de un centenar de páginas, donde el narrador, un tal Carlos, se limita a su papel de taciturno observador. Sin embargo, cuando pareciera que esta rigidez se apodera de todo, llega la broma un tanto cruel, mas sin consecuencias, suavizada pronto por la gran piedad del narrador hacia estos seres que, en el fondo, son incapaces de matar una mosca. La misma sensibilidad ambiental, aún más perfecta, se recrea en la magnífica colección de cuentos Retrato hablado.

Por edad, Carlos León se aviene a la generación del 38, la de su tocayo y antónimo Carlos Droguett (donde uno es pausa y reflexión, el otro es velocidad y mucha ira). Entre explayarse o contenerse, León prefería lo último. Treinta páginas para una historia bastaban. Si eran menos, mejor. Un matutino amarillo lo llamó, en una forma bastante burda, el escritor que hacía adelgazar sus novelas. Nosotros le diremos Carlos León Alvarado, narrador del puerto en día nublado. 

León fundamental: Sobrino único (1954), Las viejas amistades (1956), Sueldo vital (1964), Retrato hablado (1971), Algunos días (1977), Hombres de Palabras (1979), Todavía (1981), El Hombre de Playa Ancha (1984), Memorias de un sonámbulo y Regreso a casa (ambas de 1994).

La poesía no se inventa (entrevista al poeta Claudio Bertoni)

JUAN PABLO JIMÉNEZ -.
 
JP: ¿Aló?...

Claudio Bertoni: Sí… ¿con quién?...

JP: Con bla bla bla soy periodista y bla bla bla…

CB: Ah…

JP: La UTalca lanzó recientemente tu libro “Que culpa tengo yo”, compilado de poesía tuya. Entre paréntesis, yo te leo hace mucho y bla bla bla…

CB: Llámame y me avisas que me vas a enviar las preguntas. No tengo internet así que de esa manera me preparo para conseguir un sitio con internet y te respondo.

(Pasan algunos días. Llamada de aviso de rigor. Correo. Comienzo como calcetinera contándole al poeta y fotógrafo chileno que hace tiempo que lo leo. Leo el mail y eso parece no interesarle. Aquí van las preguntas con sus respectivas respuestas).

¿Cómo nace este proyecto de que te publiquen en la UTalca?
 “Marcela Albornoz –directora de la Editorial Universitaria de la UTalca– me pidió hacer un libro con la universidad. Le propuse una antología y le pareció bien. Hablamos de honorarios. Eso fue todo”.

¿De qué manera trabajaste para compilar los poemas y hacer la antología? 

“Fui leyendo algunos de mis libros y dejando los poemas que me parecían bien (He publicado más de un poema que ahora no me parece bien). No me di cuenta que el libro quedaría tan grande”.

Tú hablas, a partir de las cosas simples y cotidianas que nos ocurren cualquier día, de cosas inmensas, como el amor, la muerte, Dios. “Es que las cosas inmensas de las que hablas: la muerte, el amor, Dios, la vida, están encarnadas –día tras día– en las que tú llamas ‘las cosas simples’”.
Algunos dicen que el rock & roll ha muerto porque ya se ha hecho todo. ¿En la poesía ya se ha hecho todo?

 “No creo que en poesía, ni en nada, se haya hecho todo. Y si así fuera me importaría un pito. La poesía que vale la pena no se escribe para que sea nueva o sorprendente, la poesía no se ‘inventa’, la poesía se escribe por necesidad y como gato de espaldas para defenderse de todas esas cosas inmensas de las que tú hablas: el amor, el dolor, etc. y la muerte. Y el rock & roll, by the way, no ha muerto ni morirá jamás, porque el blues no morirá jamás, y el blues es el rock & roll y el rhythm and blues y el jazz y el funk y la música gospel y porque siempre habrá hombres y mujeres con soul que lo practiquen hasta que ya no quede piedra sobre piedra y se nos muera el sol. Es absolutamente imposible que se acaben el blues y la poesía: habría que dejar de sentir”.

(Vuelven a pasar algunos días. El libro de Bertoni es grande y en él muchos de los poemas parecen estar escritos en formatos mínimos. Da lo mismo: hablan de cosas grandes).

En “Que culpa tengo yo” el poeta chileno hace un viaje por algunas de sus creaciones a su juicio más importantes de sus libros. No… tal vez ni tan importantes para él desde el prisma del criterio que utilizó para compilar sus escritos.

Aquí está hablándole a la belleza de una muchacha, a su desgano, a su solitariedad, a lo que ve en la calle, a la vida, a los días, a Dios, a la muerte esquiva, al no creer, al deseo, a la inmensidad oceánica inscrita en las cosas más sencillas.

El libro es gordo y grande. Como una biblia. Uno termina la última página y, como decía Jorge Teillier sobre darse cuenta de que un libro es un buen libro, que te produce la misma sensación que cortarse con una prestobarba, bueno, tuve que ponerme un trocito de papel higiénico en la cara para cortar el flujo de sangre.

Enrique Lafourcade: el olvido del bufón


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

El volumen de la producción literaria de Enrique Lafourcade (1927) hace pensar en un libro por año en su mejor momento. Tal vez dos. Incluye novelas, cuentos y crónicas. No todas semejantes en extensión, aspiraciones ni calidad. No todas de la misma casa editorial. Algunas publicadas en México, otras en España y las más en Chile. Con dineros ajenos y propios. Por amor al arte y por encargo. Es que Lafourcade se paseaba por editoriales con la fluidez de un turista. Lo mismo como estudiante, académico universitario y agregado cultural. Actitud de gozador, de lúdico a tiempo completo por diferentes capitales del mundo.

Nuestro reseñado ha hecho gala de un talento dispar y de una suerte de hemorragia literaria, acorde con ciertos credos que ha abrazado en su vida. Escritura a modo de respiración, influido tal vez por el automatismo, teorías del inconsciente y el surrealismo.

Se siente más a gusto en el barroquismo, con imágenes modernistas al estilo de Rubén Darío, un poco de lenguaje coloquial y, por sobre todo, una tendencia a las enumeraciones que le permitieran hacer gala de su amplísimo acervo cultural. Igual principio aplicaba en sus ficciones y crónicas, aunque reconocía en estas últimas no limitarse en absoluto. Llenaba páginas hasta el delirio, teniendo sólo presente el espacio disponible en la sección dominical de “El Mercurio”. En ocasiones, bromas sólo para iniciados, gente de su círculo, ilegibles para el resto de los mortales.

Su debut coincidió con el surgimiento de la generación del cincuenta (para algunos un invento del propio Lafourcade y para otros, el punto de partida de escritores como José Donoso y Jorge Edwards) y ha continuado de manera progresiva hasta hace un par de años. Hasta el comienzo de la tragedia personal. El insuperable olvido involuntario. La mente de Lafourcade hoy se deshace de lo vano y sólo le da espacio a sus dibujos y lecturas de Gabriela Mistral, a la compañía de su esposa, además del oleaje de La Serena.

Libros y cámaras
Enrique Lafourcade es uno de los pocos autores chilenos con éxito de ventas y ediciones. Lo logró con su novela Palomita blanca de 1971. Una jovencita que habita un populoso conventillo santiaguino recrea en su diario de vida su amorío con un muchacho de clase acomodada, seguidor del filósofo Silo, teniendo de telón de fondo el gobierno de la Unidad Popular y la revolución de las flores en Santiago de Chile. Sucesivas generaciones han debido leer Palomita blanca como parte de los programas de lectura obligatoria del Ministerio de Educación, motivo por el cual pasó a ser la credencial oficial de Lafourcade. Dato curioso para una obra escrita en un par de semanas y sin mucho empeño.

Las directrices comerciales no han estado ajenas a su quehacer. La Editorial Del Pacífico, vinculada a la Democracia Cristiana, le encargó escribir una novela en un par de meses durante 1959. El resultado fue La fiesta del Rey Acab, donde relata la caída de un ficticio dictador centroamericano de apellido Carrillo, en manos en un grupo de revolucionarios adolescentes y lascivos. La idea era incentivar la cultura democrática en los países del continente, en el marco de uno de los tantos congresos multinacionales que se han realizado en nuestras capitales.

La debilidad de Lafourcade por las cámaras (y por ser centro de mesa que, en definitiva, es lo mismo) lo convirtió en un personaje conocido a nivel masivo. Comenzó con programas de televisión donde enjuiciaba el talento literario de sus pares. No existen registros de aquello. A partir de ese momento, su participación en diferentes misceláneos se volvió recurrente. Por ejemplo, a fines de la década de los 80, fue jurado en un programa de busca talentos, donde sometía a los concursantes a preguntas de conocimiento, a cambio de un ejemplar de algunas de sus novelas. También dentro de su currículum figura haber participado en uno de los experimentos más olvidables de la televisión chilena junto a su ex novia, la socialité Marie Rosa Mc Gill: el programa de conversación Travesía.

Los productores sabían de lo rentable que resultaba tenerlo como villano invitado ante las cámaras. Lafourcade, sin aceptar los retoques de un maquillador, hacía suya las posiciones más incómodas y rechazadas por la mayoría. Sus adversarios -que él llamaba contradictores- suman una poderosa legión: el animador Don Francisco, la cantante Patricia Maldonado, La Teletón, El Festival de Viña, Pinochet (por escribir su novela El gran taimado, basada en el dictador, buscó asilo en Argentina), el ex Presidente argentino Carlos Menem, entre otros.

Aún su nombre sirve para arrugar narices de literatos, literatosos y literateros. No es bueno decir que se le lee y, más encima, con agrado y placer. Es que Lafourcade forjó el mismo la mitad de su mala fama, mientras que la otra mitad quedó en manos de sus contradictores. Su papel de payaso y polemista fue dejando casi en el olvido a una obra escrita a la velocidad del rayo.

Pero ahí está disponible. Es cosa de buscarla y juzgarla en su mérito a través de la lectura. Quienes lo hagan se encontrarán con historias urbanas de personajes soñadores, cruzando los diferentes estratos sociales de Chile. Conspiraciones comunistas en bares de mala muerte. Una banda de pelusitas cobrando revancha a un explotador. Un marino extranjero haciendo de las suyas en los cerros de Valparaíso y en los salones de Viña del Mar. Recién nacidos gigantes apoderándose de la ciudad mientras sus padres buscan refugio seguro. Artistas afeminados relajándose en una caleta de pescadores machos y sensibles. Libros que ya tienen la condición de clásicos, de hojas amarillas, ediciones añosas. Al igual que su colección de muñecas de porcelana con las que gustaba fotografiarse acostado en su cama, cuando concedía alguna entrevista.

“Siga adelante, joven, con confianza –me dijo cuando me atreví a mostrarle un par de cuentos escritos en hojas de cuaderno-. No es lo mismo redactar a escribir. Usted redacta de manera deficiente, pero escribe muy bien. Siga escribiendo. Lo invito al taller que dirijo, El Paraíso Perdido”.

Por miedo a la crítica, no seguí su consejo de sumarme a sus huestes reunidas en una sala de su librería del paseo Lastarria de Santiago. A cambio de eso, seguí leyendo su copiosa bibliografía, siempre con el miedo a ser sorprendido por otros aspirantes a escritores y me enviaran al destierro de los payasos.

Lafourcade primordial: Pena de muerte (1952), Para subir al cielo (1958), La fiesta del Rey Acab (1959), Novela de Navidad (1965), Frecuencia modulada (1968) novelas, y Fábulas de Lafourcade (1963), cuentos.

12 jul. 2017

Libro Anteojos de Sal (2013) Ganador del concurso editorial Manuel Concha, de la Municipalidad de La Serena

Ashle Ozuljevic Subaique

Mi hija no atrasa o El motivo por el que en soledad salí del país en la noche más oscura del verano

Mi hija no atrasa, mi hija no atrasa. Como si se tratara del reloj de una catedral, finamente calibrado, mi hija no modifica la cronometría de su existencia ni aún cuando duerme, de modo que todo ocurre en el minuto preciso que debe - según la estricta constancia de los días, de los meses anteriores- ocurrir.

Durante el día transcurre sin sorpresa. Primer apetito, segundo llanto, tercera pataleta, etcétera. Pero de noche, el cálculo se vuelve preciosamente preciso:
A la una de la mañana comienza el bruxismo de un minuto. Vuelta hacia la diestra y acomodamiento hacia la izquierda. Fin de la visita. Luego, a las tres, de un modo impecable, suizo, la petición de leche.

Quiero que se entienda: no importa lo que haya ocurrido durante el día, si se ha dormido temprano o más tarde de lo habitual, si ha comido en mayor cantidad o si por una celebración carnavalesca se ha acostado cercana a la medianoche: a las tres, Magdalena se sentará en la cama y pedirá con voz de sueño: “leche”. Luego una inestabilidad preciosa y a dormir otra vez.

Claramente tampoco le interesa a su reloj interno lo que yo, su madre en soltería, he hecho el resto de las horas. No es relevante si me he quedado escribiendo hasta las 2.47 y he agarrado un sueño bello a las 2.58. Simplemente a las 3 debo responder a sus requerimientos infantiles.

Julio no podría haber sabido esto. Él jamás se despertó a tender la mano afirmando una leche tibia de madrugada, Julio sólo hacía una excepción con su mujer, quien sin relojes ni cronometrías exigía cigarrillos a horas indeterminadas del tramo nocturno.

Julio se los tendía.

Fumaban sobre las sábanas. Echaban el humo al techo y las cenizas a una tapa de botella que siempre rondaba su colchón.

Al comienzo se reían de sus rostros fumadores y semidormidos: los ojos entrecerrados/los ojos entreabiertos, el cabello revuelto, un hilo de saliva seca, el pijama tibio, las manos un poco azuladas.

Luego se hizo costumbre. Se contaban, por lo tanto, anécdotas graciosas, propias, familiares, escuchadas de tercera fuente. Cuando las anécdotas se acabaron, comenzaron a inventarlas. No se conocían en lo absoluto, todo resultaba verosímil y además verídico.

Cuando murieron, en plena tarde, juntos y, literalmente revueltos, nadie contó anécdota alguna; sólo los cigarrillos, vehementemente fumados, los homenajearon.

Mi hija tampoco atrasó en esa oportunidad; pidió su naranja al mediodía, sus cereales en la tarde, y su leche por la noche. Extrañamente, sin embargo, pidió un cigarrillo a las cuatro y veintidós. Antes de que yo lo prendiese, ella ya dormía en posición fetal.

Fue una noche larga para nosotras, lo mismo que para Julio y para su mujer.
Era febrero, y debe haber estado muy frío allá afuera
                                                          
                       
bajo tierra.




I                                                                                                                                [Sucre

Venirse a Bolivia
comprarse una moto
y una manta
no un gorro
no unas sandalias
recorrerla de a poco
a un ritmo propio
quedarse entre la gente
respirar ese mismo aire
-esa frescura incomparable del altiplano-
calarse hasta los huesos
y fumar en medio de sus lloviznas intermitentes
comer lentamente
sonreír
llevar la procesión por dentro
esta procesión mía que aún no logro nombrar ni delinear
                                                         pero que sospecho
y comenzar
misteriosamente
a tener cara de fiesta
entre sus grises habitantes
sonreírles y dejarlos quedos
 plantados de sorpresa
ser destello finito
en este país serio
ser
alguna vez
una estrella distante
y olvidarse de todo
y seguir respirando



III                                                                                                                  [Isla del sol

Abrir los ojos
y verlo teñido de rojo
por la luz que se cuela a través de la ventana
tener de fondo una banda sonora sudaca
y altiplánica
con ni una sola puta promesa
sólo risitas
y un cosquilleo idiota
del futuro extrañamiento
palabras hinchadas de sinsentido
y de un poquito de verdad
con la ignorancia pegada a las pestañas
como anteojos de sal


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