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27 mar. 2017

George Reeves: la vida como sala de espera

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Si nuestros planes están lejos de la realidad, ¿qué hacer mientras tanto? El actor George Reeves, al parecer, lo tenía claro. Y si no, al menos procedió como tal. Mientras esperaba el ofrecimiento de su vida de parte de los grandes estudios cinematográficos, trabajó interpretando a Superman/Clark Kent para un programa de la naciente televisión de Estados Unidos, a inicios de los cincuenta. Asumiendo que su participación en la Segunda Guerra Mundial había interrumpido su carrera (contaba con un rol secundario en “Lo que el viento se llevó”, además de actuaciones en películas de aventuras, bélicas y westerns, en su mayoría de bajo presupuesto, más la promesa de un papel importante en el próximo proyecto de un veterano director que falleciera antes de poder llevarlo a cabo), apostó por la paciencia como aliada. Aunque le parecía un tanto ridículo calzarse el trajecito con la letra ese de insignia, cinturón brillante, calzón a la vista y capa –vestimentas que ni siquiera tenían los colores originales del personaje del cómic, ya que la emisión era en blanco y negro-, de todos modos George Reeves se esmeró en interpretar al paladín de Metrópoli de la mejor manera posible. Más aún cuando el programa “Las aventuras de Superman” se convirtió en todo un fenómeno comercial, liderando el horario destinado a la programación para la familia, con una importante marca de cereales de auspiciador, hechos que volvieron al actor una celebridad reconocida por el público.

Siempre que podía, Reeves les daba en el gusto a sus fanáticos: se ponía los brazos “en jarra” y levantaba la mano para saludar al estilo de Superman (fueron contadas las ocasiones en que confesó que el asunto lo fastidiaba), desatando la locura entre los niños y sus padres (sí, los padres, los mismos que, en el futuro, lo estancarían como la versión de carne y hueso del personaje de la DC Comics, obligando a los estudios a cortar sus escenas en la película “De aquí a la eternidad” para evitar que corearan desde las butacas de los cines la clásica presentación: más rápido que una bala, más potente que una locomotora…). Si para darse ánimo en esta espera, debía apoyarse en tragos de whisky matutinos de su petaca dentro de su camarín, George Reeves lo haría. Si debía dejar el tabaco -o al menos degustarlo en privado como el alcohol- pues un superhéroe no fumaba, lo haría. Si debía calzarse el traje (ahora sí con los colores originales) para absurdas presentaciones en vivo y enfrentar a cuatreros del oeste que le significaban más dinero que el sueldo recibido en la misma serie, lo haría. Si debía prestar su imagen para alguna campaña de recolección de impuesto y uso de estampillas, lo haría. Si debía defender con su influencia la persecución paranoica del macartismo a un colega acusado de comunista, lo haría. Si debía reclamar la repartición equitativa de los sueldos entre todo el equipo, haciendo a un lado su condición de "estrella", lo haría. Si debía lanzar chistes de doble sentido para aligerar el ambiente de las grabaciones, con efectos especiales que fallaban y libretos defectuosos, lo haría. Claro, hasta que la paciencia se le agotó (o pareció agotarse) y creyó ser capaz de tomar las riendas de su destino. Si las grandes interpretaciones no llegaban, tal vez dirigiendo y produciendo su propia serie de televisión, le iría mejor. Pero, como siempre, nada fue definitivo para Reeves. Dejó, regresó y volvió a dejar el programa que le había granjeado su particular fama (una fama que, en cierta forma, jamás logró comprender ni menos valorar), mientras la televisión mutaba del blanco y negro al color y adquiría más importancia como negocio en la industria cultural. 

¿Dónde radicaba el problema que le impedía a Reeves dar ese paso decisivo hacia adelante? En este permanente intento, las puertas siempre se le cerraban y las negativas se sumaban, como si su única misión en la vida fuera interpretar al Hombre de Acero. Reeves sospechaba que había alguien detrás de todo este infortunio. Su ex amante tal vez o el marido de ésta, un magnate – mafioso de la Metro Goldwyn Mayer. En este ir y venir, entre defender sus propias ideas y volver a vestir el traje de hijo de Kriptón por una temporada más, lo sorprendió la muerte producto de un disparo –cuyo origen aún no está aclarado- en su departamento. 

La película “Hollywoodland” (2006, dirigida por Allen Coulter) hace suya esta tesis del complot. Protagonizada de manera certera, creativa y entrañable por Ben Affleck en el rol de George Reeves, la trama agota todas y cada una de las posibilidades sobre la muerte del actor. ¿Crimen pasional? ¿Ajuste de cuentas? ¿Suicidio? ¿Accidente? ¿Todas a la vez? El detective privado Lou Simo (Adrien Brody), primero por dinero y después por desafío personal, se adentra en el mundo subterráneo de las luminarias del espectáculo, de sus secretos, bajezas, vicios y delitos, con el correspondiente deterioro físico y emocional de su propia vida, coincidente con el lazo fraterno que comenzó a unirlo al actor una vez que contempló su cadáver en la morgue. Sonreír y ser generoso en medio de la cloaca, volvía a Reeves mejor que muchos que aún gozaban de la vida, parece ser la conclusión de Simo - Brody. “Hollywoodland” es una honda reflexión respecto a lo que hacemos con nuestra vida mientras los planes -lejanos, descabellados, grandilocuentes, altruistas- se materializan o se hacen humo. Reeves - Affleck supo qué hacer en ese intermezzo. Calzarse un traje de superhéroe para llevar alegría a los corazones de los niños y ser motivo de risa de sus padres cerveceros, crueles y americanos.




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24 mar. 2017

Laguna

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-

A mitad del predio que colinda con la población, el exceso de lluvias formó una espontánea laguna que se desplegó hasta los bordes de ambos lados de la cuenca. Junto a nosotros quedaron los sembrados de hortalizas, parras, senderos y árboles. Al frente, la base de los cerros que separan la ciudad del interior. Al medio del agua, una isla muy pareja que semejaba el lomo de un perro sumergido. No tardé en darle un sentido de pertenencia a este regalo inesperado e invernal. Por las tardes, después del trabajo, adopté el hábito de sentarme sobre una piedra para degustar una cena improvisada, unas copitas de vino blanco, restos de tabaco y algún libro ligero, mientras el pequeño oleaje se deshacía a centímetros de mis zapatones. Con el paso de los días, se sumaron unos niños que, al principio, sólo miraban con curiosidad y después bromeaban lanzando mi sombrero hacia la corriente, pero desviándolo hacia unas ramas. Recuerdo a las tres dueñas de casa que cambiaron los tragamonedas por el desafío de quién hacía rebotar más veces una piedra sobre el agua. Más tarde, un padre de familia endeudado que le sentaba bien el aire puro. Varios ancianos dados de baja por los suyos, buscando compañía sin importarles el frío y la garúa. Vecinos de otras cuadras incrédulos de esta nueva “obra” que no necesitó gestión alguna del alcalde en ejercicio. El grupo lo cerraban tres perros y una pareja de gatos moviéndose a sus anchas por los arbustos intentando darle caza a las ranas y conejos. Pasadas las horas, veíamos en conjunto descender al sol por el borde del cerro hasta desaparecer completamente. En la penumbra, alguien comentaba que, en otros tiempos, cuando el río era navegable, el agua seguía mucho más allá de donde estábamos ubicados nosotros. La laguna - complementaba otro- no correspondía a un fenómeno sobrenatural, sino sólo a la recuperación del curso históricos de las aguas. Yo recordé como en mi infancia era común encontrar, alejándose apenas de cualquier ciudad, pequeños arroyos, cascadas ondulantes, cursos de ríos espontáneos, acequias flanqueadas por muros de manzanilla, sin ninguna cerca, alambrada o sequía que impidiera aproximarse. Ya nada queda de esos paseos. Tampoco de la laguna espontánea de la esquina de mi casa. Cuando me cuezo vivo por el centro de la ciudad, evoco con nostalgia ese tiempo. Si no fuera por los testigos, creería que todo fue inventado por la soledad.
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20 mar. 2017

La casa, el origen, la vuelta

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Ministro 294, una puerta vieja. Sobre ella una pintura a la diabla, carcomida por unas termitas ya jubiladas. Una escalera hija de otra escalera. Más bien su verruga y mirándola de frente. No hay descenso a secas, sólo insinuación, siempre un nuevo “más abajo” desde otro ángulo. Pedazos de esquinas, el plan de Valparaíso, perspectivas infinitas, caos armonioso, arquitecturas sin unidad. Más allá, si se afina la vista, barcos y un pedazo de mar. Una calle más angosta de lo esperado. Cambios que no percibo a la primera. Los objetos libres de hace cuarenta años, una galería, un patio, plantas, árboles con alma atorrante, una vecina borracha fisgoneando, el mariconcito amigo diciéndole adiós al novio en el poste de luz, simplificados ahora en una muralla única, monocolor, proyectada, tan egoísta ella, hacia el cielo. Solo queda erguirse si se requiere algo de aire nuevo. Por de pronto, yo no lo hago. Lo mío es la tierra firme y su vértigo. Vuelvo a la escalera verruga, tan esquinada y descascarada, como si tuviese sarna y otros pesares. Malezas guachas que crecen sin futuro esplendor entre los peldaños. Al costado, pedazos de pastelones puestos en el limitado orden que permiten las duras penas del declive. El cerro, como siempre, obliga a seguir su perímetro fiero, rebelde y choro. Sentarse y respirar en un tiempo más largo que el requerido para trajinar por la vida. Mirar en derredor y decir sí, es mi casa. La vieja casa del comienzo, la primera página del cuento, el Big Bang particular y minúsculo, sólo detectado por mi olfato y no más de unos pocos centímetros más allá. Un día en que el universo apenas tuvo cosquillas y Dios ni se enteró (preocupado, como estaba, de jugarse con el Diablo la suerte del golpe de Estado que se venía). Pocos cambios a la vista, todos para peor. Es mi opinión y ahí se queda. Al menos no la han demolido, me consuelo. Al menos, desde afuera, se siente el mismo aroma. A tierra gredosa, humedad, basurilla, perros, gatos, ratones, chinches, pulgas y garrapatas. Reencontrarse con el propio inicio. La casa más vieja a pesar de los trabajos de hermoseamiento. Con sus ventanas ahora móviles, su estuco permanente, el adobe y el rechinar. Plomiza por vocación. Sin sus amorosos habitantes, eso sí, y ante eso, sólo resignación. Todos dispersos en ésta y otra vida. La abuela protectora, tías y tíos juguetones, primos leales, padres imberbes, el abuelo inmóvil (ya era hora). Yo mismo, sin ir más lejos, cuento con mi propia dispersión. Vecinos de aquel tiempo vueltos con los años personajes de culebrón, destino trágico para cada uno de ellos. ¡Cuidado! Hay riesgo en detener la viñeta. Desde las alturas, detrás de velos y ventanas, los nuevos habitantes me observan. Incluyendo a un perro ingrávido posado a metros de mi cabeza sobre unas planchas de zinc. Un intruso invadiendo el barrio, piensan de seguro, hay que corretearlo. No me entenderían, pienso yo, aunque se lo graficara en dibujos. El que se fue, se fue nomás, sentencian. Aun así, tomo asiento en el segundo peldaño. Con la cámara en tus manos, registras el instante. Se abre la compuerta nubosa y no queda más que lo esencial. Pañales de género hervidos a baño maría en fondos de hojalata. Viento marino helado haciendo el serpenteo ascendente de siempre. Lavadoras con manivela y espuma de Bio Luvil que se rebasa por el pasillo de madera. Calzones de goma, talco, chupete mosqueado y lleno pelusillas. Pero también consentimiento. Como en el aseo corporal paradito dentro de una tina de plástico, tetera de agua caliente, jabón y estropajo, los brazos serviciales de la abuela en fricción permanente, con algodón y colonia, toalla calientita sobre una estufa. Adiós a la piel de gallina, gustosa y regaloneada, con las prendas de vestir que esperan planchaditas sobre una silla. Sabrosa comida de emergencia, marraquetas gigantes y crujientes con mantequilla, huevo frito en paila pegado en costrones de aceite al metal, tostadas con paté de cerdo, té con cucharadas de azúcar, pescado frito en manteca, tortillas con chicharrones, tomate colorido y jugoso con cebolla, gaseosa Frambuesa Nobis para la sed, maicena con leche y chilenitos con manjar. Pobres pero bien comidos, sin tiempo para la sobremesa. Salgo volando y me reciben unos brazos. Vuelo de nuevo y caigo en otros. Como una suerte de vals, abuela, tíos, tías, padres, un vértigo que se detuvo sin aviso. Un camión de mudanza cargado de unas pocas cosas. Subo con mis padres a la máquina para emprender rumbo desconocido. Cuál de los dos más temeroso, toque de queda, nuevo empleo, cuidado con los soplones de la dictadura, convivir a solas con un niño y sus berrinches. Cada uno vuelto hacia dentro, sin toparse con el miedo del otro. Y yo, sobre sus faldas, sin saber de las razones poderosas para sumarme a ese caldero. Nos aprontamos al juego de la familia, la intimidad y autocontrol. Adiós a la casa vieja y al desbande. Viento seco y calor puentealtino. Otra ciudad. Ahora, al regresar a la dirección Ministro 294, quiero ser el mismo que partió. Tarea imposible. Me fusiono con la casa, sólo un instante, mientras me dice tú también has cambiado y para peor. Entonces, de qué me admiro tanto.

Imagen: http://static.panoramio.com/photos/original/32228758.jpg

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16 mar. 2017

Sartre: angustia, libertad y acción

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Desde su muerte, tal vez un poco antes, apuntar en contra de Jean-Paul Charles Aymard Sartre (1905 – 1980) se volvió un verdadero deporte para la elite y la servidumbre satisfecha. De las huestes católicas, no podría esperarse otra cosa, a fin de cuentas este filósofo, novelista, ensayista, político, académico, dramaturgo y Premio Nobel de Literatura francés (galardón que rechazó en 1964 para no hipotecar su libertad) dedicó buena parte de sus escritos a lanzar paladas sobre la tumba de Dios. Sin embargo, la virulencia hacia él y su pensamiento también ha provenido de supuestos compañeros de ruta: marxistas, estructuralistas, existencialistas-arrepentidos, fenomenólogos, liberales-conversos, psicoanalistas y psicólogos sociales.

En Chile de hoy, donde hasta el aire tiende a volverse un bien de consumo, si Sartre fuese un personaje influyente, intentarían por todos los medios neutralizar sus palabras con caricaturas, chistes, mofas y persecuciones. Pero como somos un país donde el dominio conservador disfraza la ignorancia como sabiduría popular, las ideas del filósofo pueden seguir llenándose de polvo. En el resto del mundo, aquel dominado por las verdades austeras, oficiales y desde arriba, a Sartre se le recuerda un poco más, pero no necesariamente para bien. Resulta más rentable aludir a su apariencia física, a su excesiva verborrea, a sus cambios de opinión, a su debilidad por las faldas, a sus alucinaciones con barbitúricos, alcohol y café, a su misticismo senil, que a las potenciales consciencias removidas con sus ideas heréticas y radicales. No por nada, sobrevivió a varios atentados en contra de su vida por escribir, hablar y moverse más de la cuenta (se le permitió de todo, pero cuando se puso antinacionalista, muchos de sus compatriotas dijeron ¡basta!).

La cultura popular –de la cual Sartre supo usufructuar mejor que nadie- lo vinculó al pensamiento filosófico conocido como existencialismo. Aún más, le adjudicó la paternidad de éste, pese a que el mismo abjuraría del movimiento a partir de los años sesenta, justamente cuando se volvió una poderosa pero etérea moda entre intelectuales y artistas de impermeable y jovencitas emancipadas (si es alrededor de una mesa de un café parisiense, con el tiempo convertido en aliado, tanto mejor). En honor a la verdad, Sartre fue el principal publicista del existencialismo, pero no de cualquiera, sino uno ateo, comprometido y vociferante.

HUÉRFANO, LECTOR Y POCO AGRACIADO

La fiebre le arrebató a su padre, el oficial naval Jean-Baptiste Sartre, cuando Jean-Paul apenas contaba con un año de vida. Su plácida infancia transcurrió junto a su madre Anne-Marie Schweitzer (hermana del  médico filántropo Albert Schweitzer) y su abuelo Charles. Este último ocuparía el rol paterno enseñándole tempranamente matemáticas y literatura clásica. Tanto a su madre como a su abuelo, Sartre los responsabilizaría, años más tarde, de la primera desilusión de su vida: darse cuenta que, contrario al trato recibido de parte de ellos, a sus rizos largos  y a su vestimenta de niño consentido, no contaba con una apariencia agraciada. Sus compañeros de escuela se lo hicieron notar volviéndolo objeto de sus burlas. Un resfrió lo empeoró todo, dejándole un ojo desviado de por vida. Pero también le dio la motivación suficiente para encantar al resto del mundo a través de su principal arma: el pensamiento.

Su amor a la filosofía nació de la lectura adolescente de Ensayo sobre los datos inmediatos de la consciencia de Henri Bergson. Siguió luego con las obras de Immanuel Kant, George Wilhelm, Georg Wilhelm Friedrich HegelSøren KierkegaardEdmund Husserl, y Martin Heidegger. Al atrasarse un año en la École Normale Supérieure (lugar destinado a jóvenes de la elite francesa) pudo conocer a la escritora Simone de Beauvoir, alumna brillante y su futura pareja sexual e intelectual (una pareja a su modo, en completa libertad para sostener ambos pequeñas relaciones paralelas, sin escándalos de por medio, sino sólo consejos y buenas vibras). También conoció al escritor Raymond Aron, amigo personal y luego detractor (proceso vital que también experimentó con Albert Camus y Boris Vian). En 1929, Jean-Paul Sartre se graduó de doctor en filosofía con la intención de ganarse la vida como maestro. Y dedicar el mayor tiempo posible a la escritura, aunque aún estuviese lejos del reconocimiento masivo que le aguardaría en el futuro.

SIN DIOS NI PERMISO

Sus detractores han considerado al existencialismo y sus cultores como una verdadera bolsa de gatos. Demasiado revueltos y demasiado diferentes, ha sido la queja permanente para desacreditarlos. Como corriente filosófica, el existencialismo surgió en el siglo XIX en las obras de Søren Kierkegaard y Friedrich Nietzsche, el primero conservador católico y el segundo ateo y nihilista. Durante el siglo XX se vincularon con esta corriente, además de filósofos como el mismo Sartre, Martin Heidegger (nacionalista) y Miguel de Unamuno (ateo o creyente según la hora del día), un dramaturgo como Gabriel Marcel (católico), un siquiatra como Karl Jasper (liberal) y novelistas como Albert Camus (liberal), Mario Vargas Llosa (en su juventud socialista y en su madurez neoliberal), Ernesto Sábato (comunista y luego anarquista), Juan Carlos Onetti (adormilado nihilista), Boris Vian (existencialista por contagio) y hasta el cineasta Ingmar Bergman (agnóstico torturado).

Dentro de la herencia intelectual de Jean-Paul Sartre, se encuentra la utilización de la filosofía (además de la literatura y el arte en general) como un arma de compromiso político para hacerle frente a los problemas en tiempo presente. Sartre sostenía que la filosofía no estaba para apoltronarse en las aulas de las universidades ni en los anaqueles de las bibliotecas, sino para sacarla a las calles y avenidas (si son las calles de París, cruzadas por el río Sena y contempladas desde la torre Eiffel, más los labios de Brigitte Bardot, los orgasmos de Jean Birkin y los susurros de Juliette Greco, saldríamos gustosos a vender periódicos y a repartir panfletos, como lo hizo el mismo Sartre hasta edad avanzada, ya convertido en un marxista humanista). En palabras del filósofo, novelista y guionista argentino Juan Pablo Feinmann, para Sartre la filosofía estaba para comprometerse con el barro de la historia y ensuciarse con ella, ideas alejadas por completo de lo enseñado hasta ese momento en escuelas, liceos y universidades. Pero para acercarse a este barro de la historia, había que atreverse a cruzar la calle y quedarse muy atento en la vereda de enfrente (ahí, precisamente donde está amontonado el barrito fresco y ensuciador), pero no por capricho, sino como ejercicio de libertad. Si hoy vivimos alienados es porque alguna vez fuimos libres, aseguraba Sartre, por lo que invitaba a reconquistar esa libertad.

El novelista ruso Fiodor Dostoievski advirtió de manera indirecta en su novela Los hermanos Karamazov, a fines del siglo XIX, en una conversación de dos personajes, lo siguiente: “¿qué será del hombre, después, sin Dios y sin vida futura? ¿Así, ahora todo está permitido, es posible hacer lo que uno quiera?” Décadas más tarde, en pleno siglo XX, Jean-Paul Sartre le respondió: si Dios no existe, no todo está permitido, sino que todo es posible. Se tiene una libertad absoluta que sume al ser humano en una angustia que no debe ser paralizante, sino motivadora hacia la libertad.

¿Cómo llegó el francés a semejante deducción? Vámonos al principio. La afirmación más tajante de Sartre, y sobre la cual se basa buena parte de su filosofía, es que la existencia precede a la esencia (aunque, en realidad, la frase la dijo primero Heidegger). Estamos ante un cambio en la filosofía tradicional, aquella que sostenía que el ser humano corresponde a un proyecto establecido de antemano, donde se ha definido desde el principio (incluso antes) lo que tiene que ser y hacer durante su vida. Bajo esta idea, el ser humano puede verse como algo anterior a la existencia, ya sea como sueño, aspiración o al menos como proyecto. Antes de su llegada al mundo, hay un molde perfectito que lo está esperando para que se acomode en él. Con Sartre este molde se cae y hace mil pedazos. Ni padres, hermanos, tíos, abuelos, amantes, líderes, profetas, Dios, ni nadie anterior ni contemporáneo al sujeto, puede indicarle su proyecto de vida. Yo, tú, él, todos nosotros somos los constructores de nuestra propia vida, repitió Sartre desde el aula, el podio, el café, el bar y la calle. Ya no servirá hablar de falta de oportunidades, ignorancia, enfermedad, injusticias, dolor, mala suerte o errores. No habrá justificación ni lloriqueo posible, pues la obligación de ser libre está por encima de todo.

Aunque Sartre no fue el creador de la filosofía existencialista, la definió de manera elocuente en la siguiente afirmación: la verdadera esencia del hombre es su existencia. Es decir, la condición, identidad y manera de entender de un sujeto corresponde a lo que hace. El sujeto, por lo tanto, se realiza a través de la existencia, debiendo evitar cualquier condicionante, pues sólo así alcanzará su libertad de manera absoluta. Pero reconozcámoslo -dijo Sartre- este ejercicio de existir continuamente para llegar a ser uno mismo, sin pausa ni respiro, supone una angustia existencial enorme y que definió como hastío, asco o náusea. Cada gesto, por mínimo que sea, constituye presente y humanidad. La otra parte de esta angustia se refiere a cómo, con esa responsabilidad frente a las infinitas posibilidades sin condicionamiento alguno, elegimos un determinado camino y no otro. 

Sartre ubica, entonces, la libertad en el centro de las preocupaciones del ser humano. Por lo tanto, se está condenado a ser libre. Incluso, cuando no elige, el sujeto está decidiendo no elegir.  Esto lleva a una libertad vivida que debe evitar las llamadas conductas de mala fe que ocurren cuando el sujeto se deja engañar. Si los individuos se quedan callados y aseguran que no ocurrirá nada con esta omisión, según Sartre, se está cometiendo un acto de mala fe. Aunque se insista en la ceguera, sí pasan cosas y muchas. Si no se asume la responsabilidad de realizar el propio proyecto de vida, como individuos y como sociedad, alguien lo hará de todos modos. El silencio y la inacción ante las injusticias y las catástrofes sociales conllevan un ejercicio de complicidad con el estado de las cosas. Por lo tanto, no queda otro remedio que actuar en el presente. La libertad absoluta del sujeto es intervenir en su propia vida, porque de lo contrario caerá en una conducta de mala fe, dejándose llevar por el otro y renunciando a su propia libertad.

OPINIÓN GLOBAL

Entre 1929 y 1931, Jean Paul Sartre formó parte del Ejército Francés. En 1939, durante la Segunda Guerra Mundial, cumplió funciones de meteorólogo –debía lanzar globos meteorológicos hacia los cielos, lo que le daba la posibilidad de divagar con el infinito como fondo- hasta ser capturado por las tropas alemanas en 1940. Pasó nueve meses como prisionero en dos centros de detención. El mismo reconoció que nunca abandonó el estudio de la filosofía ni siquiera en los momentos más duros de su confinamiento. Su consuelo fue llenar las hojas de una libreta que logró conservar una vez alcanzada la libertad.

Durante la Segunda Guerra Mundial, pese a que se declararse contrario al Nazismo, pudo escribir y montar piezas teatrales en las narices de estos invasores. En la puesta en escena de la obra antibélica Las moscas, de 1943, contó sin ir más lejos con varios oficiales nazis como espectadores (no entenderlas no les impidió, en todo caso, aplaudirla de pie). Más tarde, Sartre apoyó a los argelinos en la guerra contra Francia (1954 – 1962) y cinco mil veteranos de guerra marcharon por los Campos Eliseos coreando su muerte, por lo que debió buscar un refugio que pronto fue descubierto. Opositor al gobierno de Charles de Gaulle, éste se negó a encarcelarlo pese al consejo de sus asesores, comparándolo con el mismísimo Voltaire. Durante los inicios de la Guerra Fría, se alineó junto a la Unión Soviética hasta la invasión de este país a Hungría en 1957. Apoyó la Revolución Cubana en sus inicios, visitó la isla, se entrevistó, bebió whisky y fumó con el Che Guevara y luego se distanció de una burocratizada dictadura de los hermanos Castro. Alentó las revueltas de Mayo del 68 en París y se le acusó de ser su inspirador. Apoyó causas de extrema izquierda en el mundo, inclusive ciertos atentados terroristas, como único camino de los marginados por contrapesar el poder que los aplasta. Antes de morir, ciego, enfermo y manipulado por una pareja de discípulos judíos, le pareció que su vida no podía ser fruto de la casualidad y la presencia de Dios, después de todo, ya no le era tan descabellada.
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9 mar. 2017

Sábato: grandilocuente, depresivo y pirómano


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Ernesto Sábato (1911 - 2011) a quien más tomó en serio en la vida fue a Ernesto Sábato. Y bien en serio. Tanto en el decir como en el hacer. Imposible determinar la cantidad de hojas que el escritor argentino lanzó a la hoguera en sus 99 años de existencia. Lo hizo movido por arrebatos de autocrítica, autodestrucción y también de vanidad. Sin ir más lejos, su reconocida novela Sobre héroes y tumbas fue salvada de chamuscarse entre las llamas por la diligencia de su esposa Matilde. Sábato reconoció en el programa televisivo del español Joaquín Soler, en 1977, su vocación de pirómano, oportunidad en que brindó una de sus pocas sonrisas al público para indicar que se trataba de un chiste.

No era un tipo fácil. Los periodistas debían solicitarle entrevistas con meses y hasta años de anticipación. El propio Soler contó frente a las cámaras lo dificultoso que fue traerlo al programa y Sábato lo corroboró con un gesto de “y bueh, qué más se puede hacer”. Por principios, el escritor rechazaba cualquier requerimiento de la prensa. A los más insistentes -como lo fue la escritora Isabel Allende en sus tiempos de joven reportera de la revista Paula-, les daba una remota posibilidad, siempre que le enviasen previamente una pauta de preguntas. En el caso de que accediera a conversar, estaba el riesgo de un cambio de parecer por el más mínimo inconveniente: una mala cara, una impertinencia y hasta un mal día. Después se sucedían los intentos de Sábato por hacer rectificaciones y agregados a las declaraciones preliminares, eliminando con ello cualquier intento de espontaneidad. No era raro que todo el proceso derivara, tras la publicación de la entrevista, en una pelea entre el medio periodístico y el propio Sábato, más los desmentidos de un lado y de otro.

A partir de la década del sesenta, Ernesto Sábato gozó de una amplia popularidad por su obra de ficción y ensayística. Se le consideró un integrante especial del Boom Latinoamericano junto con los escritores Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y su compatriota Julio Cortázar (cuando Sábato no aparecía mencionado entre ellos, su puesto lo ocupaba el chileno José Donoso, quien reconoció en la lectura de Sobre héroes y tumbas la inspiración necesaria para concluir su novela El obsceno pájaro de la noche). Sin embargo, cada vez que pudo, Sábato desestimó su inclusión dentro de este grupo selecto, negándose a ser considerado un "fetiche comercial”. De paso, deslizaba una crítica solapada al resto de sus colegas por recurrir a herramientas del marketing y a la ayuda del editor Carlos Barral y de la agente Carmen Balcells para promocionar su trabajo.

Purismo
Como ha ocurrido con tantos escritores, el paso del tiempo se ha vuelto un juez un tanto severo con la obra de Ernesto Sábato. En los últimos años, ha comenzado a ser cuestionado el aporte de sus narraciones existencialistas, metafísicas, sombrías, filosóficas y alegóricas a la literatura universal. Luego de un par de artículos literarios publicados en medios escritos, apadrinado por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Victoria Ocampo, Ernesto Sábato publicó en 1948 la novela corta El túnel, donde el pintor Juan Pablo Castel relata, con una minuciosidad enfermiza, los motivos que lo llevaron a asesinar a su amante María Iribarne. Tras un largo y expectante silencio, vino el turno de Sobre héroes y tumbas en 1961 y en ella aborda en clave gótica la historia de una familia aristocrática argentina, intercalando episodios de la guerra de Independencia y el célebre capítulo Informe sobre ciegos, publicado después de manera autónoma (las malas lenguas, que en literatura nunca faltan, relacionaron el título y la trama de este relato con el escritor Jorge Luis Borges, por esos años casi completamente ciego, con quien Sábato mantuvo una amistad en permanente tensión). Finalizó su trabajo novelístico en 1974, con la publicación de la obra experimental Abaddón el exterminador. Así, de ser considerado un clásico a la altura de autores como Franz Kafka, Fiodor Dostoievski, Graham Greene, Albert Camus y Jean Paul Sartre, han comenzado a oírse en los últimos tiempos críticas a su escritura -se la califica de alambicada, redundante y forzada- y a su autoasignado rol de consejero de la humanidad.

El cuentista César Aira, en una entrevista otorgada al medio electrónico El Gusto por leer, contó cómo en su juventud acostumbraba a burlarse junto a sus amigos del supuesto malditismo de Sábato, fantaseando que el escritor poseía un contestador telefónico con el siguiente mensaje: “Esta es la casa de Ernesto Sábato. En este momento no puedo atenderlo porque estoy muy angustiado. Vuelva a llamar o deje su número y lo atenderé cuando esté menos deprimido. Al menos Sábato sirvió para darle alegría a la gente”, concluye Aira con malicia.

La propia biografía del autor está llena de episodios dramáticos, grandilocuentes y sobre todo contradictorios. Por ejemplo, cuando decidió abandonar la física, pese a su prometedora carrera académica y profesional en Europa, para abrazar las ideas surrealistas, haciéndose merecedor -según él- del desprecio de la comunidad de científica. O cuando escribió los primeros capítulos de El túnel en la estación de Zurich, durante una espera de seis horas del siguiente tren, con hambre y frío a cuestas. Para qué decir de su relación de amor y odio con el justicialismo, considerando un demagogo calculador al Presidente Juan Domingo Perón y una auténtica revolucionaria a su esposa Eva Duarte. Sus frustrados intentos de suicidio, su relación martirizante con su esposa Matilde, la temprana muerte de su hijo Jorge en un accidente. Su obsesión con la ceguera (sus últimos días los terminó con muy poca capacidad visual al punto de dejar de leer y escribir y dedicarse sólo a pintar). Sus puestos de burócrata en regímenes de diverso calibre, su apoyo a cruentos golpes de Estado, su ruptura con el comunismo, su apoyo a la causa anarquista, sus consejos al dictador Jorge Videla para instaurar una censura televisiva, al che Guevara para hacer una auténtica revolución en América Latina y a Raúl Alfonsín sobre cómo hacer justicia a las violaciones a los derechos humanos cometidas por el propio Videla… Suma y sigue.

La personalidad de Sábato no le impidió, sin embargo, reconocer que su obra se encuentra plagada de errores. Pero también aseguró sentirse muy bien acompañado en esta carencia, pues las obras de Cervantes y Dostoievski también están plagadas de errores. Ilustres errores.
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2 mar. 2017

"Carrascal boca abajo", de reportaje a novela

Leonidas Rubio

Es la primera novela del periodista Claudio Rodríguez Morales. No por eso es una novela primeriza ya que su autor es narrador nato, cuentero a tiempo completo, consumado contador de historias. Así mismo es un omnívoro de géneros, lenguajes, relatos, autores, sin plan ni concierto, insaciablemente, como un pac-man de datos, argumentos, personajes, bromas, imágenes, magazine, política, chismes. Es un depredador de historias, un todólogo, un amateur de tout la chose, un experto en divagaciones mediana o altamente fundadas, un cronista insomne que se da cuerda solo, un expeledor, un regurgitador, un ventilador de cuentologías que tiene en la cabeza una sola forma de entender la realidad: introducción-desarrollo-desenlace, sin obstáculo de alterar el orden o saltárselo o reinventarlo en introrollos, desenrollos, introlaces, etc., desde que se levanta hasta que se acuesta y con toda probabilidad mientras escasamente duerme, como dice él mismo, "por capítulos", y así por años, años y años.

A Claudio lo conocí en 1991 cuando ambos empezábamos a acumular deserciones académicas, decepciones políticas, desatinos sentimentales y mucho pasto de campus anarquista en los zapatos, olor a axila y humedad en mochilas y mezclillas percudidas, comida libre de vitaminas, amigos regulares, clases irregulares, paros sistemáticos, guerras campales de camotes y lacrimógenas. También algunos profesores excelentemente mal aprovechados a los cuales nos gustaba estropear la clase con aspavientos roqueros a lo Jim Morrison, que estaba recién resucitado por el cine y se desplazaba como zombie encabezando la marcha de los nietos y bisnietos del hipismo. A Claudio le encanta recordarme que una vez dije que Octavio Paz era un escritor fascista. A mí me encanta fingir que no me acuerdo. En esos mismos pasillos la mayoría hablaba en un horroroso coa revolucionario con 20 años de retraso que a veces -yo más que él- repetíamos bajo el sopor de la transición en un aire contaminado de guzmanes asesinados, pinochos comandantes, amnistías purgantes, Jonhy cien pesos, comisiones en la medida de lo posible, cacharpaya illapop, inti illi-money, lambada y la primera temporada de un reality show a escala global llamado guerra del golfo. Allí leía sus poemas de "El Bello Charco" el inefable Dago Pérez y yo los que después serían parte de "Cuadernos de Emergencia" ante una variopinta jungla de tránsfugas semi adolescentes de actitud felina, canina, marsupial y más de alguno reptante.

En ese tiempo todavía llovía con alevosía y en Grecia con Macul frente al poder fáctico de un supermercado de teletónico liderazgo se acopiaban enseres para los damnificados de turno en el eterno "Chile Ayuda a Chile". ¿Y quién ayuda a los poetas? decíamos con indolencia nosotros, los verdaderos vulnerables del crédito fiscal y el tiquet de casino para una bandeja plástica con olor a comida digerida. ¿Qué tienen que estar ayudando a viejas picantes que juntan y juntan mediaguas y colchonetas y después las venden y las vuelven a pedir? Era injusto, pensábamos nosotros, dejando pasar las clases tirados en los pastos, viendo pasar a nuestros profesores con sus libros rumbo a la sala. ¿A quién le harán clases si todo el curso está tirado en el pasto por una, dos, tres, cuatro horas? Y así hasta que empieza a hacer frío y hay que irse a casa con las tías que le dan buenas cenas a uno para reponerse de la agotadora jornada de aplanamiento de pasto y prepararse para el pasto del día siguiente.

La mayoría le decía "Pedagógico" a ese lugar. Creo que Claudio también. Yo me jactaba de no decirle sino UMCE, así como nunca me gustaron los Beatles y nunca le dije "patriótico" al Frente. En ese tiempo Claudio era tímido, de sonrisa fácil y palabra medio difícil, atento, gran escuchador, sigiloso apuntador de cosas, memorión, de ojos somnolientos. Parecía que siempre estaba a punto de decir algo grandioso y otra cosa lo interrumpía.

¿Y qué ha ocurrido 30 años después? Mucho como para que valga la pena contarlo. Pero hay una cosa espléndida: Claudio salió de allí periodista, escritor -por suerte no poeta pero con buen olfato de poesía-, sabueso político, coleccionista de expedientes. "Carrascal boca abajo" es el resultado de eso. 30 años para una primera novela parece mucho y 280 páginas parecen poco, pero hay 3000 páginas anteriores y simultáneas de crónicas, cuentos -micros y macros-, borradores, informes y hasta conversaciones de chat donde -¿debo repetirlo hasta el cansancio?- siempre está contando su historia -cada una mejor que la otra- como monito de organillero.

"Carrascal boca abajo" es una ficción con 80% de historia real, surgida de los entresijos del asesinato de Luis Mesa Bell. Se instala en el agitado, acaso caótico año 1932 de un Chile con caudillos protofascistas, milicias republicanas, sindicatos sovietizados, predicadores de toda laya, mesiánicos, trogloditas, infames de izquierda sólo superados por infames de derecha y con turno aleatorio. Es el año del golpe de estado de Marmaduke Grove, el fundador de un Partido de genética fachista -en el decir de Alfredo Jocelyn-Holt- ya que su primer líder fue un oficial de la FACH así como su más redituable líder actual -dos veces PresidentE- es heredera de la misma tradición que marca desde el aire. En Chile los golpes de Estado se hacen con aviones, eso es cosa meridiana. Sin embargo se legó a la posteridad una insólita consigna: "¿Quién comanda el buque? ¡Marmaduque!". Pero el buque de la nación lo comandó por 12 días sin pies ni cabeza y luego se fue en buque a Isla de Pascua. El golpe tuvo su autogolpe con su consiguiente tirano autoproclamado: un Carlos Dávila sin carisma ni dedos para el piano de alianzas necesarias en el poder. Su gobierno duró 100 días. Contra todo lo previsto, Marmaduke obtuvo un remoto pero significativo segundo lugar con un 17% contra un 54 de Alessandri en la elección de 1932. Era el período en que todo podía pasar en Chile, y pasaba.

Al periodista Luis Mesa Bell lo asesina la policía política entrenada en el gobierno de Ibáñez: el dudoso Servicio de Seguridad de Investigaciones, en una maraña que incluye narcotráfico y corruptela de mediana y baja estofa, suponiendo que la alta estofa sea ese nivel de politiqueo que no pasa de las redes, el cohecho suave, el tráfico de influencias y no de sustancias, digamos, lo justo y necesario para que las instituciones funcionen -como dice el ex-Presidente de las concesiones de agua y carreteras, ese Sr. Lagos. Pero la secuencia del asesinato de Bell ya la ha consignado el autor de "Carrascal boca abajo" en el blog "Plumas hispanoamericanas", en la entrada del 2 de enero de 2012 (ver enlace: http://plumaslatinoamericanas.blogspot.cl/2012/01/luis-mesa-bell-de-la-trinchera-al.html). Con esto damos cuenta de que este libro lleva gestándose como mínimo 5 años.

La novela de Claudio Rodríguez tiene personajes verosímiles, viables, no empantanados en densidad psicológica. Con ello se instala la principal virtud de "Carrascal boca abajo". Se trata de una novela donde no hay polarización aditiva al relato, no hay idealización de los personajes, no hay concesiones ideológicas a los bandos. Todos son charlatanes, risibles, fantoches, oportunistas, revanchistas, hedonistas sin escrúpulos, arribistas que oscilan entre la falta total de principios y el dogmatismo caprichoso, rebuscado, charcha, sólo basado en las desconfianzas y limitaciones individuales. Es la verdad cruda donde desfilan Pedro Sienna, Coke Délano, Carlos Cariola, Roque Blaya y el propio protagonista. Los personajes secundarios brillan con funcionalidad y consistencia, sin quedarse ni pasarse dentro del relato. Y en un despliegue de pericia el autor se permite describir la situación dando la palabra a madres y padres de los personajes, seres humildes e ingenuos parecidos a "El Padre" de Olegario Lazo Baeza, no salidos de su elemento ni magnificados por el romanticismo populista. He aquí entonces la que podría ser segunda gran virtud de la novela: una estrategia narrativa hábil de hablantes corales, multifocales como las miradas de enfoque diferido, panorámicos por tanto, polifónicos. Su tercera virtud: tampoco es una novela higiénica, asexuada, políticamente correcta, ni cómoda para los buscadores de heroísmos de capa y espada, ni fácil para los buscadores de amenidades folletinescas.

El libro de Claudio Rodríguez está en la estirpe de novela histórica chilena donde fungen Gillermo Atías ("A la sombra de los días") o Walter Garib ("Festín para inválidos"). Es novela reportaje que viene de vuelta de la novela social sin dejar de serlo, que no escatima el humor, sin paisajismo, justificadamente pintoresca -sin frivolidad-, con alto equilibrio entre realismo e imaginación. Damos la entusiasta acogida a este libro y esperamos contagiar el entusiasmo.

Aunque es imposible no lamentar la poca dedicación del editor en tapa y solapa, es mucho más interesante esperar que Claudio Rodríguez no se demore otros 30 años en publicar su próxima entrega, que no deje de ser ese cuentero no cuenteado, ese concentrado-distraído que no deja de hilvanar historias. Pero que no haga una novela sobre las mil formas de evadir las clases en 1991. Todo menos eso.


*Publicado originalmente en blog Actas de (mala) Fe, 2/3/2017
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28 feb. 2017

Carlos Droguett: narrar desde el purgatorio


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Nunca dio por terminada sus obras. Cada cierto tiempo, se sabía de nuevas ediciones. Las ampliaba, reducía, alteraba. Las reescribía con un sentido infinito del deber. Sin afán comercial, más bien con una porfía rabiosa y ética. Si desde la dedicatoria generaban problemas, mucho mejor. Como aquellas primeras líneas de su novela Matar a los viejos dedicadas al Presidente Salvador Allende, donde llama asesinos a los militares que lo derrocaron en 1973.

A Carlos Droguett (1912) le bastaba un lápiz cualquiera y un cuaderno cuadriculado. Llenaba sus hojas de punta a cabo con una caligrafía de leves toques orientales. Además de económicas, eran herramientas prácticas, indispensables para su quehacer. El cuaderno podía doblarlo, meterlo en el bolsillo del vestón o del abrigo. Sacarlos en la fila del pago de la luz, el agua o el banco. También sentado en un paradero o en el viaje en microbús por Santiago. Siempre que algo amenazara con quitarle el tiempo que requerían sus abultadas letras para salir al mundo.

Por las noches traspasaba los textos a la máquina de escribir. Se mantenía alerta a posibles nuevas perspectivas en sus historias. Si aumentaban en complejidad, se daba por satisfecho. No quería anécdotas baratas. Para eso estaban los folletines, las novelas rosas y las aventuras del Oeste. Esto significaba un ruido infernal hasta altas horas de la madrugada. Nunca algún vecino le reclamó por el escándalo que se filtraba a través de las paredes y las cañerías. El caballero se veía un hombre de malas pulgas, así que mejor no meterse con él, pensarían en los alrededores del barrio del Matadero Franklin. Gente modesta, humillada y dolida. Precisamente la materia prima del dueño de casa, con la cual deseaba incendiar –junto a su amigo Pablo de Rokha- los cimientos de las letras chilenas burguesas.

Como una forma de superar la necesidad de trabajar a toda hora y con más comodidad, amarró la máquina de escribir a su pecho con sendos nudos ciegos (al leer sus novelas, uno piensa que aquello fue no sólo cierto, si no necesario). Dentro de su casa, los hijos contemplaban extrañados su silueta de androide avanzando con dificultad, chocando con las paredes: “Mamá, ¿qué le pasa al papá?”, preguntaban al principio. Isabel intentaba esbozar una explicación acorde con la edad de los muchachos. Ya entendería que su devoto padre, fuera de casa y de su trabajo de burócrata en Ferrocarriles del Estado, era uno de los escritores más conflictivos de Chile. Con obras consideradas dinamita pura. Alabadas y condenas por igual. Dispuesto a cumplir su misión, aunque tuviese que metamorfosearse en un androide que ni siquiera deja de escribir mientras come.

“Te imaginas lo que habrían logrado estos viejos si hubiesen contado con la tecnología de hoy”, me comentó el escritor Juan Ignacio Colil, cuando supo de esta anécdota literaria. También me hizo pensar que Carlos Droguett siempre escribió la misma obra, un mismo narrador que, manteniendo el estilo, aborda diferentes historias con un denominador común. Una voz angustiada, incomoda, que busca agotar su discurso, repasar todos los puntos de vista. Presentar la historia y, al mismo tiempo, interpretarla. Revisarla, diseminarla y hasta cuestionarla.

Para los anales de nuestra literatura –que incluye una exposición en la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile por los cien años de su natalicio-, Carlos Droguett será recordado como un escritor notable, de culto, de estilo complejo, solo para iniciados. Con fama de cascarrabias, violento y agresivo. Y precisamente esto último habría contribuido a su desaparición por décadas de las primeras planas. Personalmente, tengo mis dudas de esta tesis. Existe una pléyade de escritores chilenos, mucho más afables y pacíficos que Droguett, que han corrido su misma suerte. El olvido es más bien una conducta permanente de nuestra nación, no sólo en literatura, sino también en genocidios (algo que nuestro reseñado sabía muy bien con uno de sus hijos torturados por los servicios secretos de Pinochet y que lo instó a exiliarse en Suiza hasta su muerte en 1996).

Un profesor de castellano, gruñón y comunista, comentó en una sala de clases de 1989, que el mejor novelista chileno todos los tiempos era Carlos Droguett. En la biblioteca del liceo me facilitaron Eloy. Novela breve que narra las últimas horas de un bandolero rural antes de morir acribillado por la policía. Una pieza donde la corriente de la consciencia es el instrumento para contar una historia desde dentro. Con la violencia y la muerte alternándose. Una constante en la creación del autor.

Más tarde vino una lectura en los fríos salones de la Biblioteca Nacional de la novela Sesenta muertos en la escalera, fusión de dos historias escritas y ocurridas en diferentes épocas. El asesinato por parte de Carabineros, en el edificio del Seguro Obrero, de un grupo de jóvenes nacistas que pretendían dar un golpe de Estado en 1938; por otro lado, aborda un hecho de sangre puntual conocido como el crimen de la calle Lord Cochrane. Una pareja asesina a un anciano para robarle su dinero. El enlace de ambas historias se encuentra en la pluma de un primerizo Carlos que, junto con los horrores de ambas matanzas, recuerda sus primeros días con Isabel, su mujer. Recostada, un poco enferma en casa y tal vez embarazada. Mientras él intentaba ganarse la vida como empleado de una imprenta, comiendo todos los días un asado asqueroso y una lechuga aceitosa.

De sus influencias, aquellas que iniciaron su combustión interior, habría que mencionar a Dostoievski, Knut Hamsun,. Marcel Proust, Freud, Joyce, Kafka y Faulkner, más los laberintos del Fondo Medina y de la Biblioteca del Congreso Nacional. También los relatos históricos de Crescente Errázuriz, Vicente Pérez Rosales y otros cronistas olvidados.

Sus novelas fundamentales son Sesenta muertos en la escalera (1953), Eloy (1960), Patas de perro (1965), El compadre (1967), El hombre que había olvidado (1968), Todas esas muertes (1971) y su cuento Magallanes (1967), considerado una pieza clave de la narrativa chilena.
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27 feb. 2017

Carlos León: Valparaíso colgante y nublado

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Privado, silencioso y porteño. Observador, melancólico y también porteño. Algo malicioso, medio tirado a existencialista, pero siempre porteño. Noble, distante y, ni que decir, porteño. Carlos León Alvarado, Coquimbo, 1916. Le siguieron Ovalle, Santiago e Iquique, hábitats insuficientes para lo que, aún sin saberlo, requería. Datos de almanaque, incompletos, pero necesarios para comprender la muletilla del inicio. El verdadero Carlos León pertenece a Valparaíso. Es decir, a todos los chiflados con cadenas imaginarias al puerto más puerto de todos los puertos. Y Valparaíso es parte del patrimonio que él se llevó consigo –sumido en un cortés silencio- en 1988. Su herencia: ficciones amables y reposadas. Adheridas a esta ciudad en ambientación y trama. Gemas únicas, excepcionales, provincianamente universales.

Autor escueto y tardío, si vemos el asunto como una carrera de cien metros planos. Pero esencial para los que buscan suavizar esta vida amarga con bellas letras (de las grandes y de papel amarillo, antes de las reediciones de Bruguera y Alfaguara). Cuando no llenaba sus cuadernos con su caligrafía redonda –grafito amarillo con goma en el extremo y hojas de líneas horizontales-, León se ganaba la vida como abogado de la plaza, pero más precisamente como formador de abogados, en su cátedra de filosofía del derecho en la Universidad de Valparaíso (curioso islote de cemento que mira hacia la avenida Errázuriz y al mar). Materia que le venía de perillas, acorde con su ritmo y su tendencia a la divagación. Partidario de exámenes orales nocturnos, sin hora de término, forzosa coincidencia para prolongar las tertulias con sus colegas de comisión en algún boliche del puerto. Lo imaginamos, sin dificultad, sentado de brazos cruzados, de abrigo largo, algo encogido, siempre abstemio, impávido la mayoría de las veces, sonriendo de vez en cuando, poniendo máxima atención a las conversaciones para convertirlas, luego, en material creativo.
Su primer libro, Sobrino único lo publicó casi a los cuarenta años, en 1954; el segundo, Las viejas amistades, dos años más tarde. La trilogía se completó, en 1964, con Sueldo vital. Todos tan breves que Zig-Zag optó por fundirlas en un único volumen al año siguiente. No existe consenso de si se tratan de novelas cortas (más que cortas, escuetas), cuentos o crónicas. Tienen de todo un poco. Creación de un mundo paralelo, concisión en sus líneas y divagaciones colaterales (nunca para aburrir o perderse en el camino). Personajes sencillos en apariencia, pero universos complejos en su interioridad, son dados a conocer a través de un par de líneas descriptivas o de sus propias palabras (diálogos mediante). Si bien Sobrino único aparece ambientado en un poblado rural del naciente siglo XX (Copiapó lo más probable, con sus tierras de chirimoyas, papayas y papas gigantescas, más esos seres secundarios por antonomasia, las tías de la familia, solteronas y hacendosas, inmortalizadas merecidamente en la literatura de Léon), las otras dos narraciones se insertan a cabalidad en su particular Valparaíso, ese que mira hacia los cerros, dándole la espalda a la bahía, a su arquitectura de colgajo, entre cuatro paredes de caserones húmedos (se me ocurre hermanar al autor con el cine de Joris Ivens, Aldo Francia y la dupla de José Donoso y Silvio Caiozzi y con las páginas de Manuel Peña Muñoz), alejados de las epopeyas de altarmar de Salvador Reyes o Francisco Coloane. Dinámica del fracaso asumido y la inutilidad de cualquier gesto de heroísmo. Historias minúsculas de empleados públicos, correligionarios políticos, comerciantes de poca monta, amigos barriales, esposas devotas, hijos descarriados, solteronas que perdieron el tren, cesantes desdentados, jovencitas de sueños cursis y amantes de segunda, reducidas a no más de un centenar de páginas, donde el narrador, un tal Carlos, se limita a su papel de taciturno observador. Sin embargo, cuando pareciera que esta rigidez se apodera de todo, llega la broma un tanto cruel, mas sin consecuencias, suavizada pronto por la gran piedad del narrador hacia estos seres que, en el fondo, son incapaces de matar una mosca. La misma sensibilidad ambiental, aún más perfecta, se recrea en la magnífica colección de cuentos Retrato hablado.

Por edad, Carlos León se aviene a la generación del 38, la de su tocayo y antónimo Carlos Droguett (donde uno es pausa y reflexión, el otro es velocidad y mucha ira). Entre explayarse o contenerse, León prefería lo último. Treinta páginas para una historia bastaban. Si eran menos, mejor. Un matutino amarillo lo llamó, en una forma bastante burda, el escritor que hacía adelgazar sus novelas. Nosotros le diremos Carlos León Alvarado, narrador del puerto en día nublado. 

León fundamental: Sobrino único (1954), Las viejas amistades (1956), Sueldo vital (1964), Retrato hablado (1971), Algunos días (1977), Hombres de Palabras (1979), Todavía (1981), El Hombre de Playa Ancha (1984), Memorias de un sonámbulo y Regreso a casa (ambas de 1994).

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