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26 feb. 2017

Watchmen: trancados, sistémicos, apocalípticos

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-


Si me lo cuentan, habría pensado que no era nada nuevo bajo el sol. Un cómic por entregas sobre seis personajes que conforman una especie de liga para combatir el crimen, herederos de otro grupo que los antecede (en realidad son siete personajes, si se considera al veterano que los convoca y que pronto es hecho a un lado).

Los identificaremos por sus señas y nombres de batalla: un soldado comando adicto a los puros, cínico y burlón, muy afín a la política de Estados Unidos (El Comediante); un científico con poderes omnímodos y una visión global del tiempo luego de sufrir un accidente cuántico en un laboratorio, motivo por el cual el resto de la humanidad lo considera Dios (Doctor Manhattan); un solterón de buen pasar y estudioso de las aves que cuida el vecindario de las pandillas vistiendo una capucha inspirada en el plumaje de un búho (Búho Nocturno II); un paladín admirador de Alejandro Magno, con habilidad para los negocios, inteligencia superior y cuerpo cultivado como atleta, afanado en salvar al mundo de su aniquilación (Ozymandias); un detective de sombrero e impermeable, protector de mujeres indefensas, con una máscara que revela, a través de manchas de tinta móviles, su estado mental, por lo general malhumorado (Rorschach); y una hija de paladines entrenada por su propia madre, cumpliendo el sueño de ésta de que su retoño siga sus pasos como luchadora contra el crimen (Espectro de Seda II).

Si no conoce del asunto, es probable que haya pensado como yo que se trata de una burda copia de superhéroes clásicos de las compañías DC o Marvel y concluya que estos adefesios no tienen nada nuevo que decir. Si es así, al igual que yo, se equivocó medio a medio. Tienen mucho que decir y lo hacen bajo el rótulo de Watchmen.

A medida que vamos conociendo más detalles de esta obra creada entre 1986 y 1987 por los ingleses Alan Moore (guion) y Dave Gibbons (dibujo), el asunto se desordena, se vuelve tenebroso y muy peliagudo. La historia parte cuando la existencia de estos “policías particulares” se encuentra prohibida por ley en Estados Unidos, luego de desórdenes callejeros y casi una guerra civil, en una suerte de universo paralelo a lo que ocurría durante los años sesentas. En vez de avanzar de manera lineal, la trama va y viene en sucesivos flashback y raccontos, más otros recursos narrativos que trascienden la técnica del cómic usada hasta entonces: la autobiografía, los recortes de prensa, los informes científicos, las alusiones culturales, los detalles escondidos, encuadres cinematográficos y un largo etcétera que vuelven imprescindibles las relecturas si lo que se desea es valorar la obra en toda su dimensión.

En los primeros recuadros se muestra como el Comediante -el mayor del grupo y enlace de dos generaciones de paladines- es lanzado desde el balcón de su departamento en caída libre, a varios metros de altura, hasta reventarse en la acera. Motivos dio de sobra a muchas personas para realizar esta acción: intentó violar a Espectro de Seda I cuando ambos formaban parte de una liga de justicieros primigenia llamada Minutemen (aún más: él es el padre de Espectro de Seda II, fruto de una breve relación con su colega, posterior al vejamen). Vuelto agente del gobierno, el Comediante participa en la guerra de Vietnam donde embaraza a una nativa. Cuando la muchacha le exige que responda por su paternidad, él se niega y la desprecia. Ella reacciona hiriéndolo en el rostro con el filo de una botella cortada, dejándole una marca de por vida. El Comediante hace uso de su arma de fuego sobre su amante y el hijo en gestación, ante la mirada pasiva del Doctor Manhattan.

Como era de esperarse, tanto el Comediante como el Doctor Manhattan arrasan con las tropas vietnamitas, lo que le permite a este último darse cuenta de su pérdida de interés por la especie humana, la misma que lo considera Dios. Años antes, apenas conoce a Espectro de Seda II -por aquel entonces una adolescente en quien su madre intenta superar la frustración de haber transitado de cabaretera a integrante de Minutemen, para terminar de actriz de películas para adultos y modelo de historietas de contenido pornográfico-, Manhattan la hace su amante. De manera paralela, abandona a su novia, quien en el futuro enferma de cáncer, responsabilizándolo a él de aquello, dada la composición química de su organismo azulado, motivo por el cual decide autoexiliarse en el Planeta Marte.

Búho Nocturno II es un admirador y, antes de la prohibición, heredero natural del primer justiciero del mismo nombre. Este último, también retirado, se dedica a reparar automóviles y es autor de una autobiografía sobre su paso como Minutemen, donde no omite infidencias de sus colegas, en especial de carácter psicológico, económico y sexual. En su condición de civil solitario, Búho Nocturno II asume como paño de lágrimas de Espectro de Seda II tras su ruptura con Manhattan (ella toma esa decisión cuando se percata que el ex científico crea varias imágenes de sí mismo para entretenerla en la cama y así poder continuar con las investigaciones en su laboratorio) y la recibe en su departamento lleno de artilugios inútiles de su época de justiciero. Sin embargo, el dueño de casa sólo puede responder sexualmente a las insinuaciones de su alojada cuando ambos vuelven a vestir sus respectivos trajes, dados de baja por imperio de la ley.

Rorschach, el único de los vigilantes de la segunda generación que se niega a colgar la máscara tras la prohibición, vaga por la ciudad buscando al asesino del Comediante, rompiendo chapas de puertas y torturando a los sospechosos que encuentra en bares, tugurios y en sus propias casas (su especialidad es la fractura de dedos) y rellenando con su caligrafía y sintaxis enrevesada una suerte de diario de vida lleno de resentimiento y prejuicio. Pese a su credo puritano, con fobia al sexo, moralista, conservador y pro imperialista, marcado a fuego por su condición de hijo maltratado de una prostituta arrepentida de no haberlo abortado, Rorschach justifica la conducta del Comediante de una manera cándida, incluyendo el intento de violación a Espectro de Seda, el mismo delito por el cual acaba descuartizando al asesino de una niña. Tal es la admiración que el enmascarado le profesa a su colega asesinado, que no descansará hasta dar con su verdugo.

Los consumidores en cómics reconocen en Watchmen una obra revolucionaria en temática, estructura, guion y narración. Corroboro este juicio tras haber devorado en cuestión de días los seis tomos de una edición económica adquirida en un quiosco de Santiago y siendo un lector ocasional del género. Moore y Gibbons, los padres de esta criatura considerada la primera novela gráfica publicada, han revelado que su gestación fue desde la distancia, con premura, apelando a la espontaneidad y por encargo. Originalmente, se trataba de personajes ya creados que la empresa DC proyectaba darles tiraje por una cuestión contractual, pero el guion de Moore resultó demasiado prometedor y radical como para negarle su autonomía. Partiendo de cero, Moore procedió a reescribir las historias por etapas y enviarlas de inmediato por correo a Gibbons para que éste las convirtiera a imágenes. Muchas veces el primero sólo vio el resultado una vez publicado. Difícil imaginar esta situación en un cómic que parece haber sido planificado hasta el último detalle, viñeta por viñeta, como un mecanismo de relojería, profesión del padre del Doctor Manhattan, así que la comparación no es casual ni menos original. Los expertos dicen que Watchmen cuentan con un par de cabos sueltos. Siendo sincero, yo no le encontré ninguno.

Pasadas casi tres décadas desde la publicación de Watchmen –que incluye una adaptación cinematográfica de 2008 del director Zack Snyder que generó opiniones divididas entre los fanáticos, más el desprecio de Moore y la venia de Gibbons- las interpretaciones de su verdadero significado suman y siguen. Filosóficas, políticas, esotéricas, sociales, teológicas, revolucionarias, existencialista y belicistas. Sin desmerecer el aporte sobrio y a la vez experimental de Gibbons en cada viñeta dibujada, la personalidad del escritor Alan Moore –reconocido anarquista, además de mago ocultista, enemigo declarado de los superhéroes y defensor de las minorías: durante un tiempo convivió con su esposa bisexual, los hijos de ambos y la amante de esta última- hace pensar en cualquier cosa menos en inocencia pequeñoburguesa, pasividad conformista ni menos un atisbo de apoyo al orden mundial. Yo intento tener mi propia interpretación de este galimatías de hojas, colores y palabras, pero poco importa. Lo que sí importa es animarle a usted a empaparse de esta novela gráfica única en su estilo. Y si ya lo hizo y todo esto que le digo es chiste repetido, reléala porque, de seguro, algo se le quedó en el camino.

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