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20 feb. 2017

Bautizo en Los Siete Espejos

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

A ver si logra convencerte de nuevo este verso mío pobre, cojo, mentirosillo, tartamudo, para ascender otra vez, tomada de mi mano, cansada de tanto patiperreo sin sentido (para ti), probando apenas un pan con mortadela, chaparritas secas y sorbos de cerveza tibia sacados de una mochila con raspones, avanzando por Cabo de Hornos, calle del Cabo, del Chivato, de la Piedra del Rantillo, Las Zorras, Esmeralda, Aníbal Pinto, Melgarejo, Cumming, Elías, hasta esa pensión de mala muerte -así la llamas desde que te pillé volando bajo y logré meterte dentro de una de sus piezas, sin tiempo de apagar la luz y descorrer cortinas, tan inspirados por la brisa marina, el uno junto al otro, la ropa pisoteada, tu espalda y mi pecho en frote imperfecto, apoyados en la ventana que da al murallón de ladrillos y a la curva del camino cintura, ocasión en que olvidaste hasta avergonzarte-, con sus pasillos tapizados de retratos de Neruda, Allende, Fidel Castro y la obra gráfica de los hermanos Larrea, más trocitos de minerales nacionalizados, recordando un pasado glorioso aplastado por la bota milica, sin poder salir todavía de los pliegues de esa suela. Construcción en punta, rodeada de un cementerio con los huesos patrimoniales de porteños que nos antecedieron, un par de abuelos, tíos, amigos y conocidos, mis genes y herencia, una cárcel venida en centro cultural, basura pegada como costra a la ladera, pan, techo y abrigo para ratones insolentes, y una vista hacia un trozo de mar condenada a perecer por el boom inmobiliario. Quisiera que valoraras a quienes nos antecedieron abriéndose camino, con el sudor de su frente y su entrepierna, a través de una quebrada natural con una cascada pura y delgada que separaba un cerro de otro, Cárcel, Panteón, Elías, Florida. Después, un empinado caminito de tierra para los vecinos asentados en sus faldeos, cazadores de zorros y conejos, recolectores de agua, quienes, en sus inicios, correteaban al mar y ascendían siempre un poco más, tal como pretendo que lo hagamos ahora, mientras esperamos junto al Rey Neptuno de la Plaza Aníbal Pinto que baje el sol. Imagina las rocas dinamitadas para ensanchar espacios transitables a gañanes y prostis (así llamaban mis tías a nuestras vecinas para suavizar en algo la rudeza de su empeño), los poco reconocidos fundadores de este puerto feo y desaseado, del cual soy heredero, monarca indiscutido, mal vestido y reproductor de costumbres, calenturiento (no me conociste, precisamente, en un convento, así que no te quejes), bautizado por obra del azar en el mismísimo salón de Los Siete Espejos, creo habértelo contado en otro patiperreo. Mi padre, un pobretón estudiante con ideas rojizas, cargaba conmigo en sus brazos por las calles Cajilla, La Matriz y Clave, en dirección al plan, cuando, en la entrada misma de aquel burdel, tal vez admirado por mi lozanía infantil, el administrador -peinado al agua y con un cigarro en la boca- me arrebató de sus brazos y me condujo desde una fachada de latas por un pasillo oscuro y de aire viciado. Mi padre, sorprendido, intentó seguirlo, pero sólo avanzó hasta el marco de la puerta y retrocedió, miró hacia los extremos de la calle sin que apareciera alguien a quien pedirle ayuda, mientras yo era besuqueado y abrazado, con dos años apenas cumplidos, por prostis trasnochadas, clientes regalones y con caña, mariconcitos responsables del aseo y las compras. Tan lindo el niñito que tiene, rosadito y macicito, felicitaciones y cuídelo mucho, dijo el administrador a mi padre devolviéndome a sus brazos y ofreciendo su sonrisa cariada, y así nomás me criaron, con la leche repartida por el Chicho en su mandato hasta lo que todos sabemos, el famoso bototo que nos aplasta. Ni con todo el jabón, colonia ni desinfectante del mundo, frotado con algodón sobre mi mejilla, mi padre logró quitarme este pedazo de puerto viejo que siempre cargo conmigo y por el que tú pagas ahora las consecuencias. 



Fotografía: Sergio Larraín

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