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22 jul. 2015

El Tío Viejo

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Recuerdo que la novela, más bien el intento o proyecto de novela (más tarde se ganaría con justicia el apelativo de “novela frustrada” junto a otras que por entonces yo desperdigaba en decenas de hojas sueltas por las habitaciones de esa casa colindante a un potrero y a las aguas terrosas del río Maipo), comenzaba con una niña colorina y pecosa que bien podría ser mi madre, gritando de emoción al divisar por la ventana la silueta del Tío Viejo, cargando bolsas y paquetes, ascendiendo de dos en dos las escaleras de cemento, tierra y basura, con el océano Pacífico y los cerros vecinos de Valparaíso como telón de fondo. Cuando la silueta se convertía en un hombre de pantalón y camisa, ella lo veía doblar hacia la pequeña escalera lateral hasta detenerse frente a la placa redonda de Ministro 294 para dar tres golpes secos en una puerta de madera que alguna vez tuvo color. 

Más adelante se describía el sonido de un pestillo de metal oxidado cruzando entre dos argollas y una puerta abriéndose con esfuerzo por la humedad que la adhería al piso en su deslizamiento. Permiso, Carmencita, ¿me presta el baño para una duchita, por favor?, se escuchaba una voz dura esforzándose por ser amable. Pase, Jorge, pase, le contestaba mi abuela, ¿le caliento agüita? No, no, hermana, cómo se le ocurre, respondía el visitante, heladita nomás, pero la voy a molestar con una toalla, eso sí. 

Ante un par de embelesados ojos infantiles, él dejaba sobre la mesa los paquetes y las bolsas que traía consigo –para los niños, decía, para los niños-, tomaba la toalla ofrecida por mi abuela y, siempre sin detenerse, avanzaba hasta el fondo de la casa –mientras más adentro, mayor la humedad-, para encerrarse por cinco minutos en el baño.

En esa parte, se describía al Tío Viejo tragando, sin pausa, enormes gajos de uva rosada que picaba de una fuente, sin preocuparse de las gotas de agua que caían desde su pelo mojado, bajaban por el cuello, le formaban una aureola en la camisa y otras se perdían en su espalda. Más bien su atención estaba en disfrutar el movimiento de tazas, platos, cucharas y cuchillos disponiéndose sobre la mesa, preparativos de una once con pasteles, pan con queso, jamón y mantequilla y té de hojas importado. O en ver a sus sobrinos solazarse con los juguetes de baquelita recién comprados en la feria libre de la Avenida Argentina.

Se venía, luego, la conversación grata por la presencia de este pariente, medio hermano de mi abuela quien, tras su estampa de rudo obrero de la construcción, poseía un alma noble y hasta débil (he ahí el germen del conflicto que me impulsaba a seguir escribiendo esta historia con más intuición que estilo). Ese párrafo era el punto de partida de un desafío que, en honor a la verdad, no logré cumplir: la obra hoy no existe más que como un recuerdo o una amenaza de perderse para siempre si no la hago respirar en estas líneas.

2.

Un detalle importante para delinear a los personajes: el Tío Viejo no hacía diferencias de ningún tipo (pero sí las tías solteronas), evitando cualquier rivalidad entre hermanos, según lo reconociera mi madre varios años más tarde, alentando sin saber el gusto de su hijo por crear ficciones a partir de esta clase de nimiedades.

Debo haber escrito el primer capítulo una docena de veces sobre unas hojas de tamaño oficio de un cuaderno cuadriculado. Similares a unas hojas donde, en otras ocasiones, aparecían tres ejercicios de matemáticas que mi padre me dejaba como tarea del día y que yo intentaba esquivar inútilmente en su revisión, cuando él regresaba del trabajo a casa por las noches. “Tenemos que hacer esto, cholo, para que mejores tus notas, así que no sacas nada con enojarte”, decía él mientras mi madre le servía su bien ganada cena y yo sólo deseaba desvanecerme con el humo desprendido de la sopa, sin oír las correcciones a mi precario don de cálculo.

Soñaba con la autoría de una novela a la antigua, de orgullosas hojas amarillas, como todos esos libros que, ante la amenaza de terminar empolvados en cajas de cartón, cargó consigo la descendiente más preocupada de inculcar el hábito de la lectura entre los suyos. Me imaginaba una suerte de señorón posando para un retrato con una pipa en la boca, un abrigo grueso puesto encima y la mirada llena de inmortalidad.

Mi prosa buscaba rescatar cierto sabor primario, sin detenerse demasiado en las particularidades estilísticas ni comprender la corriente de la consciencia, el absurdo, la libre asociación, el tiempo difuso, los puntos de vista del narrador, entre otros secretos del cóctel literario de entonces. Sin atreverme aún con la máquina de escribir, intentaba más bien redactar con buena caligrafía, parchando, enmendando, tarjando y limpiando con corrector líquido cada vez que lo consideraba necesario. 

¿Dónde se hallaba el origen de esta extraña vocación caligráfica?, ¿en el olor a libro antiguo?, ¿en la belleza de las ediciones ajadas?, ¿tal vez en las ganas de crear una realidad paralela, mucho más emocionante que la vida de un estudiante periférico de Santiago? Por respuesta encuentro a un muchacho garrapateando, una y otra vez, ese primer capítulo, poniendo énfasis en el gusto de los niños y de la madre por esta visita supletoria del padre (ausente, innecesario, castigador u odioso, mi abuelo caía en todas estas categorías) y que cerraba el capítulo como una tarjeta de Navidad. Por esos años, aún confundía el buen gusto y la cursilería, el vino de cosecha y la cebolla picada fina. “Apuesto a que lo único que quieres hacer cuando termines el año, es tomar un avión a Brasil para poder acostarte con mulatas, encerrarte a escribir y a beber, olvidándote de todos tus amigos. En el fondo, siempre nos has despreciado”, me encaró mi compañero de pupitre cuando, aparte de la novela del Tío Viejo y el cuerpo de Anita, mi única meta era largarme para siempre del liceo y su rutina.

Durante las clases de matemáticas del Monje Fuertes, con su robusta silueta monopolizando todo el entorno, yo aprovechaba de tomar apuntes sobre la novela sin que nadie, mucho menos él, se diera cuenta. En caso contrario, habría tenido que tragarme su prédica iracunda y una expulsión de la sala con un feroz puntapié en el trasero, vía directa a la oficina del Padre Rector, tal como le ocurrió a mi vecino de pupitre cuando fue sorprendido con una revista pornográfica cubierta con el forro del libro de ejercicios.

Pero yo me sentía seguro con el camuflaje. Un alumno muy serio tomando apuntes y asintiendo en todo lo que se le decía, no era motivo para sospechas: “Si ustedes prestan atención a estos ejercicios, no necesitarán de ningún preuniversitario ni nada de esos negocios que sólo le roban dinero a sus padres”, declamaba el Monje Fuertes, mientras yo permanecía inmune a sus palabras, a sus eventuales puntapiés y a los jeroglíficos que trazaba en la pizarra, por más que se esforzara en la puesta en escena.

Acabada la jornada de clases, yo repasaba mentalmente las imágenes de lo vivido por el Tío Viejo, mientras avanzaba por calle Portugal hacia el paradero del microbús, pensando en cómo aprovechar todo ese tiempo de trayecto.

3.


El siguiente capítulo (que no estoy seguro haber concluido) mostraba al Tío Viejo en su trabajo en una ciudad del interior de Valparaíso, pensando en una mujer varios años menor que él (sin duda, debió conocerla en uno de esos pueblos rurales, considerando el temor del protagonista a las mujeres del puerto, demasiado sueltas, muy dadas a la bohemias, al trago y el manoseo, amigas de ascensoristas como mi abuelo, recomendaciones hechas por mi abuela a la hora de hacer onces: usted no está para esa clase de cosas, hermano). Era, por lo demás, una situación confusa, basada más en la imaginación que en lo real (yo intentaba dejar este punto en la nebulosa para que fuera el propio lector quien armara el rompecabezas por su cuenta: ¿el amor es recíproco o sólo un deseo del protagonista?, ¿por qué, cuando conversan, Anita está vestida y lejana y en las escenas de alcoba se le describe sólo a él?). Mientras tanto, a unos pocos metros de distancia, el resto de sus compañeros de trabajo bromeaba con un jarro para el té, el café cargado o con leche entre las manos y alrededor de una fogata con cenizas, sin entender a este tipo tan raro, que no dice garabatos y que más encima ocupa las horas en leer y escribir, en vez de hablar sobre las hazañas de Santiago Wanderers en el campeonato de fútbol de 1968 (algunas de estas virtudes las comentó mi madre y mi tío, otras las escuché a mi abuela y la referida a la lectura es de mi autoría para enriquecer al personaje. Algo debía otorgarle yo motu proprio al Tío Viejo, suponía entonces y descreo ahora).

Arriba del microbús, apenas me sostenía del pasamano. Baches sembrados por Vicuña Mackenna, vendedores ambulantes, cantantes, payasos, otros estudiantes, borrachos, embarazadas y abuelas, todos peleándose por un asiento, aunque fuese el ubicado junto a la rueda y que obligaba a llevar las rodillas flexionadas. Pero este fastidio habitual llegaba a su fin con la imagen de un jumper y una camisa blanca relucientes, unas carcajadas musicales, unos risos castaños y un saludo esperanzador: hola, me llamo Anita. De mi parte y a modo de obsequios, dulces, chocolates y helados.

Prefiero quedarme con ese gustito sabroso en el estómago al bajar del microbús, recordar mi llegada a la casa colindante con el río Maipo, probar las lentejas con choricillo de mi madre, encerrarme en mi pieza a leer y después salir al living lleno de inspiración para poner en el tocadiscos el álbum con los éxitos de Roberto Carlos (aquél donde aparece “El gato triste y azul” que en italiano es una redundancia, pero en castellano suena de lo mejor). Esmerarme, más tarde y ya compenetrado, en alcanzar la supuesta obra maestra, sin preocuparme por la calidad de los materiales, el desconocimiento y la falta experiencia, sino solo de la voz nasal del baladista brasilero sonando gracias a la aguja del tocadiscos. Inclinado sobre las hojas del cuaderno de apuntes, con el lápiz pasta azul como fiel escudero, yo emulaba a los grandes autores cuyas obras conocía muy a la pasada, intentando recordar las vicisitudes provocadas por Anita y su jumper más azul que el gato triste de Roberto Carlos y así sacarles algún provecho para la escritura de la novela.

Con la hebra en mi poder, dedicaba mis energías en relatar el regreso del Tío Viejo a Valparaíso arriba de un bus (o de su ida al trabajo desde el puerto, ya no lo recuerdo), empeño que mi propia experiencia volvía dificultoso. La descripción correspondía a un vehículo demasiado similar a los que abordaba junto a mi madre y abuela durante los veranos, con asientos reclinables, aire acondicionado, baño y televisión, lejano a la góndola probable de esos años, destartalada, incómoda, con sonidos de latas, parchada cientos de veces, mucho más parecida al microbús que me llevaba al liceo (¿acaso la historia se estaba repitiendo?, pensaba y con ello intentaba darle un aire filosófico –más bien de pacotilla- al relato).

A causa de este descuido en la historia, el recorrido del personaje resultaba más rápido de lo que hubiese sido en la realidad, sin aprovechar las detenciones, las compras en el camino, las tortillas, los huevos duros, los sándwiches de palta y mortadela, las sustancias ofrecidas en canastas de mimbre por señoras de pañuelo y delantal blancos -a quienes apodaban palomitas-, alternándose entre las góndolas y los trenes. (No recuerdo por qué descarté ubicar al Tío Viejo como pasajero del tren, siendo ésta una opción más romántica, más dada al personaje, muy proclive a contemplar el paisaje campestre en el vaivén del carro. En cambio, la opción del bus resultaba todo lo contrario, algo más cercano a la ciudad y, con ello, al desarrollo de otra historia, otra otra novela, lejana al Tío Viejo, salvo por Anita.)

Sin la capacidad para percatarme de semejantes detalles, me las arreglaba para seguir adelante aún con fatiga de material, hasta la llegada del chocolate caliente y el pan tostado que mi madre ponía en la mesa del comedor, justo cuando el disco de Roberto Carlos sólo repetía la última nota porque la aguja picaba y saltaba en el mismo lugar. “Come algo, niño, que has estudiado toda la tarde –me decía-. Y con esa música tan fuerte, te va doler la cabeza”. Y cómo no me iba a doler, si dentro de ella intentaba evocar, con mucha dificultad dada la lejanía, el aroma desprendido por los jarros de té y café de los obreros confundiéndose con la arena, el maicillo, el cemento, el cerro y el agua que se colaba incluso dentro de una góndola; más las golosinas y comistrajos ofrecidos entre paradero y paradero por las palomitas, una de ellas con un amor no correspondido por el protagonista, a quien ofertaba de su mercadería y el resto del cuerpo carnoso sin querer cobrarle. Para que se le pase la pena, pues, siempre tan seriecito, usted, le insinuaba la palomita haciendo un alto en su recorrido por el pasillo de la góndola, mientras la mirada del Tío Viejo permanecía fija, más allá de los asientos, el vidrio, la carrocería y el último rincón de la población Ramón Freire.

4.

El personaje del Tío Viejo me resultaba simpático, hasta cierto punto me identificaba con él más allá de la afición a la lectura. Nada extraño si su patrimonio, aparte de la simpatía, el calor de hogar y la protección con los débiles, era el rotundo fracaso. En un capítulo siguiente, la mujer que tanto añoraba en sus horas de trabajo, en sus viajes en góndola (¿o en tren?) y en la casa de su hermana (mi abuela), se emparejó con otro sujeto (el eterno antagonista, la imagen del villano de culebrón, de bigote y sonrisa malévola, un individuo conocido de las tías entrometidas resultaba una buena idea). No tenía problemas en asumir que una novela rosa -había leído algunas sin saber que lo eran- podía ser un tratado de filosofía profunda, como las obras de algún señor de barba y pelo cano aparecido en las páginas que la enciclopedia en tomos de la biblioteca de casa dedicaba a los “grandes personajes”. Por eso yo continuaba, demasiado seguro e iluso, con mi folletín, como si de gran cosa se tratara.

Como elementos complementarios, sin pensar demasiado en el humor, las tías solteronas comentaban la situación del Tío Viejo desde su perspectiva juzgadora, cruel, insensible, qué más podíamos pedirles. Por lo demás, un excelente anzuelo para captar la antipatía de los lectores, me autoconvencía entonces, con mi lápiz pasta azul firme en la mano. Desde que lo dejó esa mujer, este hombre se puso más raro todavía, decían en coro el trío de urracas antes de sorber de la taza de té en hojas importado – ¡qué poco quedaba en el baúl de la despensa desde la desaparición del Tío Viejo!, se lamentaba mi abuela-, movían la cabeza e inspeccionaban cada grieta del techo y la pared para salir a comentarlo a la casa de otro familiar, más pobretón que nosotros, de seguro.

Recuerdo más tarde y en forma muy difusa, al Tío Viejo convertido en un vagabundo, caminando por las callejuelas empinadas de los cerros, tomando del suelo cualquier papel con la esperanza de encontrar una foto o la dirección de su amada (desaparecida de su vida sin dejar rastro) y al darse cuenta que no se trataba de aquello, sino del recorte de un diario, una cuenta de agua o de luz, romperlo en mil pedazos (estas escenas son más bien apuntes sin pulir, ideas sueltas de leyendas porteñas, páginas rayadas, otras escritas hasta la mitad y de ahí directo al papelero).

5.

El relato prosigue con una mujer parada en el marco de una puerta carcomida por las termitas y con los codos apoyados en el palo de una escoba. El aire marino le alborotaba la cabellera casposa y le remarcaba las arrugas a medida que aumentaba la fuerza de sus gritos -¡ahí va corriendo, agárrenlo!-, alterando la marcha del Tío Viejo por las calles de uno de los cerros del puerto. Pero si ni siquiera son suyos, ¿por qué grita tanto?, ahora la voz pertenecía a una mujer hermosa, aún no ajada por la camanchaca, muy parecida a Anita, unos años mayor, a fin de cuenta se trataba de mi cuento, yo tenía el poder de decisión. ¡Carabinero, carabinero, agárrenlo, que no se escape, andaba rondando desde temprano, yo lo vi!, de nuevo los gritos de la mujer de la escoba. Pero si sólo son un par de zapatos viejos, déjenlo tranquilo, a mí no me importa, de verdad, que se los lleve, yo los iba a botar, mantenía Anita su versión. Señorita, da lo mismo: unos zapatos o un trasatlántico, un robo siempre será un robo, así que para dentro nomás, sermoneaba uno de los carabineros y aprovechaba el momento para invitarla a dar una vuelta al plan de la ciudad para su día de franco. Asustado primero, después resignado y más tarde indiferente, el Tío Viejo abría las manos y dejaba caer los pedazos de suela descascarada. No era un regalo después de todo, pensaba.

Internado en el psiquiátrico, el Tío Viejo caminaba sin descanso, primero hacia un lado, luego al otro, siguiendo una línea de cal de una cancha de fútbol de tierra, recorriendo con la mente en blanco pasillos cercados y orillas inmensas. Después, una escena no escrita se reproducía una y otra vez en mi cabeza: el personaje llorando con todas sus fuerzas, azotándose la frente y las manos contra las paredes de una celda (agregaba, ahora, un paso por la cárcel), luego deteniéndose por una pequeña luz de esperanza que creía divisar a lo lejos (de seguro, el regreso de su amada Anita, risueña y acogedora) y al darse cuenta que todo carecía de sentido, volver a llorar con todas sus fuerzas.

Una vecina lo vio en la esquina, quien sabe en qué andaba, pero en nada bueno, comentaban las tía solteronas. Calibrando el efecto de sus palabras, agregaban: se le habían pegado malas costumbres y eso que no se veía mañoso, si usted lo tuvo aquí, Carmencita, y nunca le desapareció algo, ¿no es cierto? Vanos intentos de sonsacarle una respuesta a mi abuela. Mucho menos que hablara de los paseos y las idas al cine que ella misma autorizaba por el plan de Valparaíso, los domingos por la tarde, más el inocente comentario de su hijo (mi tío): “Mamita, cuando pasamos frente a la Comisaría, el Tío Viejo siempre me toma fuerte del brazo y me dice sobrino a correr, a correr”.

Yo continuaba el relato con el cabo de guardia contemplando a un adulto y un menor subiendo, de dos en dos, los peldaños del cerro Santo Domingo, como si se tratara de una carrera de cien metros planos en las canchas Alejo Barrios, pasando de largo por las casas de adobe descascarado, deteniéndose en la placa Ministro 294 y empujando la puerta rebelde por la humedad, sin importarme la calidad del relato, sino sólo mantener el ritmo del ascenso y la tensión de la escena, para concluir en el chorro de agua helada sobre el Tío Viejo y unos gajos de uva sacados de una fuente. Sin embargo, la narración reparaba en lo innecesario de esa huida ante la distracción del cabo con la minifalda de una porteña que avanzaba en sentido contrario a los corredores locos. Él la seguía en detalle (¿Anita? No, no. Ella es una niña decente, siempre de jumper triste y azul y no de minifalda, me engañaba yo al escribir), paso a paso, lamentándose de no contar con una cámara fotográfica, hasta verla desaparecer con sus muslos generosos unos metros más allá, donde la calle se volvía más angosta, justo en la esquina de la Iglesia La Matriz y el parte policial se lo podía tragar el olvido.


6.


A medida que avanzaba en la escritura, en ese pueblo sumergido entre montañas arrogantes, respirando un aire seco y tibio, dentro de aquella casa a orillas de las aguas terrosas del río Maipo, padeciendo el esfuerzo de mi padre por mejorar mi habilidad matemática y saboreando las lentejas de mi madre, me era sumamente difícil reproducir el puerto lacrimoso de esos años, la salobridad del mar y la pobreza colgante. Como una forma de inspiración, encendía el equipo de música del living y buscaba en las apenas audibles radioestaciones de Valparaíso programas que podría haber escuchado el Tío Viejo. A medida que lo describía en un par de párrafos, la pasta del lápiz se volvía pálida sobre la hoja cuadriculada; la tripa de plástico de su interior, más seca y tiesa; la carcasa, inservible por mis mordidas ansiosas. Sentado en una banca con una radio a pilas junto a la oreja, trabajando en una construcción en medio del sol o en los patios del asilo de locos y de la cárcel, el personaje también se presentaba más desteñido.

“Después del golpe militar, desapareció –me comentó mi madre cuando quise saber un poco más del Tío Viejo-. No supimos nada de él, se lo tragó la tierra, al igual que a su novia”.

Imaginaba a mi madre, tío y abuela dejando los pasos en las calles del puerto, subiendo y bajando cerros, enfrentándose a marinos con fusiles, voces roncas y desconocidas, portazos en las narices, con tal de obtener noticias del Tío Viejo, el hombre de las visitas, los regalos, los gajos de uva, las palabras bienintencionadas y los consejos por salir adelante: estudiar, por sobre todo tienen que estudiar, sobrinos.

“Varias veces he soñado con él –me confesó mi tío, aquel niño del relato que ascendía a toda velocidad el cerro Santo Domingo junto al hermano de su madre-. Imagino que, por un momento, el Tío Viejo tuvo su mente clara, se fue al norte, formó una familia, lejos de todo. Cuántas veces hemos sentido lo mismo, sobrino, partir lejos, bien lejos”. 

Más que el recuerdo de personajes, sucesos y objetos, el epílogo de la novela frustrada se vuelve un festín de sensaciones. Un cuaderno cuadriculado colmado de letras, flechas y retoques, un lápiz pasta azul flojo en su cometido. Nada de ganas de estudiar ni asimilar los consejos dichos por el personaje, sospechosamente parecidos a los consejos del Monje Fuertes, a los de mi compañero de pupitre y de mi padre. “Debo haberlo visto más de alguna vez, cholo, cuando yo iba a visitar a tu mamá –me comentó éste último cuando le pregunté por su recuerdo del Tío Viejo-. Pero te puedo decir bien poco, era más bien callado. Él hablaba más con tu abuelo”. 

Anita y su jumper triste y azul -mientras más recordados, más distantes- encontrándose en el paradero con una sombra que la abrazaría (perteneciente al villano de bigotes, a quién más), caminaría junto a ella por el pasaje de La Florida y tomaría la iniciativa de bajarle el elástico del calzón con el living en penumbras.

El motor del microbús, entre aceleradas y frenazos por Vicuña Mackenna -último detalle del relato-, humanizándose en su ronroneo, se volvía una burla a mi cara de cordero degollado, sin que yo tuviera una palomita que me ofreciera golosinas gratis de su canasta y menos su cuerpo carnoso pero confortable.

1 comentario :

  1. Esa foto es del cabaret de los Siete Espejos? Un texto magnífico, envidiable... la novela pendiente de Valparaíso, con garra.

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